Invisible

Antonio arrastraba por la calle, su carrito, su mochila y su vida. Su vida en un carrito y en sus piernas, vividas piernas, cansadas de andar sin compañía por las calles.

Sus setenta años contemplaban a la gente con indiferencia. Esa indiferencia con que la vida te regala. La superioridad de haber vivido con el dolor en el alma, cada dia. Esa superior diferencia que le hacía sabedor de que nadie o muy pocos habían pasado lo que él paso y sufrió hasta caer de rodillas al lado de un banco en la calle.

Pocos podían explicar lo que Antonio podia contar. En tiempos, hacía unos treinta años, fue socio, con su amigo de la infancia, de una prospera empresa de tejidos. Una vida fácil, dinero, amigos, contactos, casa, esposa e hijos. Todo perfecto o eso parecía.

El declive de la empresa, provocado por su amigo, le llevo a caer poco a poco en la vida real, en la selección natural de amigos y conocidos, en el amor que se acaba de repente. En la vida que, de un plumazo, te mete una hostia, y te despierta en la realidad mas dura.

Se quedó solo con cincuenta y largos años, sin nadie, ya no vestía trajes caros, ni dejaba buenas propinas en los restaurantes de lujo que iba, en los cuales ya no le dejaban acercarse. Los juzgados y los amigos, legal y alevosamente acabaron con su vida normal, la de un hombre con futuro. La de una persona, un ser humano.

Después, años de trabajo de supervivencia, uno tras otro, los que le debían favores le daban limosna en forma de trabajos humillantes. Apareció el alcohol, pero Antonio se sentó en el banco del parque, en el cual ya dormia, después del último despido con repugnante sonrisa, pensando que debía de adaptarse, sin casa, sin nadie que le ayudara o cuidara. Solo, entre tanta gente. Es lo peor que te puede pasar, sentirte solo entre millones de personas.

Se dedico a sobrevivir sin nada, a dormir escondido entre arbustos del parque y hablando con sus propias desgracias, con sus propios congéneres apartados de la vida. Hablándoles de la posguerra, de las manifestaciones a la que acudió para dar la vida por los que, a posteriori, le apartaron de la circulación. Entre los sin vida le llamaban “el profesor”.

Antonio, hombre culto gustaba de comentar su vida pasada, omitiendo su antiguo estatus, para no ofender, pero si su lucha, sus palos recibidos, sus años de estudiante, y sus criterios. Les hablaba del como debían de adaptarse al medio, e intentar salir de él, sobre todo con la gente joven.

Antonio, en una ciudad de excesos, de gente ciega, de gente con la boca grande de ayuda al prójimo y de apartarse de acera, cuando pasa él con su vida a cuestas.

Antonio ya no intenta salir de su vida, solo quiere sobrevivir en ella. Se rindió un aciago día cuando se cruzo con unos jóvenes padres y dos niños de unos diez años, dirección al colegio, bien uniformados de azul y camisa blanca, que comentaron, – mira un pobre de esos que huelen tan mal.!

– Antonio miro a los padres para ver si después de aquella cuchillada, ponían una tirita de amor y educación, y se encontró con un tirón de los padres a los niños, para apartarle de aquel esperpento.

Esta ciudad inhumana, que conserva a sus caídos, vivos, entre los parques, el silencio y la omisión de vista. Que no escucha, en el grito de silencio y la cara mirando al suelo de estos angeles caídos, ángeles que se sientan en la puerta de la iglesia, para cuando el tintineo de la joyas se acerca, pongan la miserable gorra, y no caiga nada, ya cayó en el cepillo de dentro.

Antonio ya se cansa de hablar de mirar a las estrellas que no ve, solo imagina, y a la gente que tampoco le ve, y ni se lo imagina. Historia viva con un carrito y un abrigo raído. Vida andando penosamente por una sociedad hipócrita, de fastos, de iglesias que piden, de leyes que no dejan vivir.

Antonio murió ayer con setenta años, se supone. En su cara todavía quedaba la marca de las lágrimas. Ayer se fue un libro de historia de la vida.

Hoy sigue todo su curso de bocas grandes y vistas ciegas.

Adios Antonio.

©Javier Sanchez 2019

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