EL PUEBLO

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Escondido tras la roca, tumbado en el suelo, con las piedras y las trinchas del uniforme clavandosele en el estómago y en el pecho. En la noche oscura, Tomás apuntaba su fusil a la nada, todo eran ruidos, disparos a lo lejos, al lado del pueblo, de su pueblo. Tomas tenia frío, un frío antinatural que le calaba hasta detrás de los ojos y le producía un dolor insoportable. Era un diciembre anormalmente frío, muy frío.

– Maldita sea, malditos salvadores de la patria… me cago en los fascistas de mierda.

Cuarenta y cuatro soldados estaban apostados a lo largo de una loma, cuatro habian partido a ojear cerca del pueblo, los cuarenta que quedaban abarcaban unos cien metros en linea. Treinta miraban hacia el pueblo y seis vigilaban la retaguardia. Todos helados de frío y consumidos por la ira y la rabia.

Llevaban quince días por los cerros y campos solo escuchando tiros y cañonazos. No habían visto a ningún fascista. Y llegaron a la loma del pueblo. Ateridos de frío y hambre. Iban al pueblo de Tomás, por que él se lo indicó al teniente, que allí les atenderían y podrían reponer fuerzas, para seguir hacia Teruel, que era su destino. El que les habían ordenado defender de los sublevados que querían conquistarlo. A toda costa.

Llegando al atardecer a las cercanías del pueblo, pararon en seco en aquella loma. El teniente ordeno posicionarse para observar. Algo había en el pueblo que no era normal. Algo no iba bien.

Estaban en la loma que Tomás jugaba de pequeño, con su hermano, caído en el Albarracin, y Juanito, que estaba dos puestos mas a su derecha.

Aquella loma verde, la que en primavera se tumbaban los tres a mirar el cielo, a comer el trigo o alguna fruta que habían robado de cualquier campo, o a sus mismos padres mismos.

Tiempos de adolescencia de color amarillo, el de los amplios campos de trigo alto, de cebada, de olor a romero, a tomillo, y al heno mojado de la mañana.

Tiempos de queso con el pan espeso de madre. De salidas del colegio y a la carrera a dejar el zurrón en casa, besar a madre y pedirle permiso a padre para ir a la loma del pueblo.

Se llamaba así, no tenía nombre, bueno si, la loma del pueblo. Curiosamente, ahora los defensores del pueblo estaban en la loma del pueblo, esperando.

El amarillo se volvió oscuro, de golpe, y sintió el frió. Cada disparo lejano le ponía mas nervioso a Tomas, quería salir corriendo hacia el pueblo y matar a todos los golpistas que estaban matando a su gente y posiblemente a su familia. Y el teniente, el maldito teniente no decía nada.

Cuarenta y cuat tosoldados republicanos, soldados que defendían la república, la legalidad arrasada por cuatro generales descontentos, la banca, sobre todo la familia March, otras familias influyentes y poderosas y la maldita jerarquía eclesiástica. Con la Iglesia hemos topado, la mas influyente y poderosa. Cuarenta y cuatro soldados republicanos aguantando el momento de que el teniente diera la orden de acercarse a aquel pueblo Aragonés.

Con el frío atenanzandoles el alma, y exponiéndoles a la violencia y a la rabia. Esperaban tiro a tiro. Espanto a espanto.

– Mi teniente, a que estamos esperando, ¿¿a que no quede nadie.??

– Tomás, no vuelva a hablarme asi, soy su superior.!!

– Están matando a mi gente…

El teniente, calló por un momento y no dijo nada…

– Tomás déjame pensar, actuaremos. Te lo prometo.

En el pueblo los fascistas, se llevaban a los hombres a las afueras del pueblo y en las cunetas de la carretera, en las tapias de los cementerios los fusilaban. Sin preguntar, algunos caían por chivatos, que aprovechaban la coyuntura, para “solucionar” antiguas rencillas entre familias, fuera verdad o no. Si decían que no eras afín al golpe, te llevaban de paseo. Así se eliminaron generaciones. Padres, madres, abuelos… guerra.

Amanecía frente a la loma, ya volvían los cuatro soldados que habían ido a observar quien y cuantos habían…

– Mi teniente, son unos treinta, un teniente, un sargento, soldados nacionales y soldados moros.

Han dado paseo a mucha gente del pueblo. A muchos, mujeres y mozos.

La, gente esta escondida, en las cuevas de fuera del pueblo, las hemos visto y la gente a nosotros. Debemos ir ya…

– Señores – dijo el teniente – vamos a ello de inmediato, la mitad con el sargento por la derecha y la otra mitad conmigo por la izquierda. A la entrada nos desplegamos… Y acabamos en el centro del pueblo. Entendido!!!

Bajaron la loma del pueblo, Tomás, era como veinte soldados juntos. Se le salia el odio y la rabia por los ojos, Juanito se puso a su lado.

– Cabeza Tomás, cabeza. Por favor.

Tomás asintió. Aunque por dentro su cabeza iba a explotar.

Llegaron al pueblo ya amanecido, los fascistas ya no estaban, habían matado a la mayoría de los hombres y a adolescentes.

Mujeres llorando, clamaban justicia a los soldados.

Tomás hundió sus rodillas en el suelo de la plaza de su pueblo y lloró. Juanito le cogio el hombro y le dijo, – vamos a casa a ver.

En las cunetas, en las paredes de los cementerios estan las huellas, de los llantos de las mujeres y hombres que la barbarie borro de la faz de la tierra, con el beneplácito, de alcaldes, curas y vecinos. No todos fueron así, pero si afloró el odio y la envidia. Las miserias humanas de personas sin sentido. Guerra entre hermanos, paisanos.

El horror mas espantoso.

Tomás y su gente salieron de allí, después de llorar a sus muertos. Con el odio clavado en la espalda, hacia la reconquista de Teruel, tomado por los fascistas, allí se dirigían los fascistas también, para intentar apoyar a los suyos. Unos detrás de otros. Hacia una de las batallas mas terribles de la guerra civil, ya era finales de diciembre de 1937. Y una ola de frío asolaba Aragón.

El sufrimiento continuaba …

 

© javier sanchez 2019

 

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