Ellos

No tuvieron más remedio que ir a aquel hotel. El deseo ya era imparable y lo decidieron, mirándose a los ojos, aquella tarde despidiéndose con un beso furtivo, en medio de la calle. Después de meses de miradas, roces de mano, te quiero ver , no te vas de mi cabeza…. Por fin, decidiéndolo entre los dos, como lo hacían todo, como lo decidían todo.

Entraron en aquella habitación y se pusieron a chafardearlo todo, como dos adolescentes, para intentar relajar la situación.

A él, a sus cuarenta y largos, le tiemblan las manos, esta nervioso, pero es que es ella. Es su amor. Su amor respetado y protegido. Le daba miedo hasta pensar en tocarla, creía que se rompería delante de sus ojos y despertaría.

Ella, era seis años menos que él, que aquel hombre que arraso con su cordura. Estaba muy nerviosa, estaba con él, con el hombre que le había hecho sentir una persona, le había hecho crecer, le miraba a los ojos, sin apartar la vista de ellos ni un momento. Los dos crecieron como personas, como pareja, como seres humanos y eran felices de tener lo que tenían. Tal vez estaban destinados a ser, simplemente eso, a ser.

En aquella habitación. Uno delante del otro mirándose. No se lo creían, que allí estaban, pero era lo que deseaban hacia mucho tiempo. Muchos llantos y noches a oscuras, noches en blanco, pensándose y hablándose a través del viento. Planes y no puedo. Salir, cenar, copas, cartas, fotos,  miradas escondidas, sonrisas de mil frases.

Hablaron, al unísono de que estaban contentos de estar allí, y rieron de la coincidencia, se sabían cuasi únicos. Aquella bendita frase fue una premonición de que todo iría bien, que habían vencido, por fin, a todos los problemas. Se querían, desde años, se querían, en silencio, sin decírselo el uno al otro, y cuasi sin saberlo, y eso pudo con todo, al descubrirse. Les llevo en volandas.

Sonrieron y se abrazaron como habían hecho siempre, para que sus energías se unieran, el abrazo era, algo básico entre ellos, siempre lo hacían, a la mínima oportunidad. Un abrazo fuerte de esos que te relajan y te llenan de calma.

Y…

se besaron, se besaron con una fuerza y deseo que les dejó hasta sorprendidos, se habían besado, muchas, muchas veces, pero no de la manera que había sucedido hasta ese día, hasta ese momento.

Tal vez porque siempre había sido a escondidas y con nervios. Esta vez había tranquilidad y las dos bocas se unieron. Un beso largo y húmedo, sin aliento con el deseo aflorando… del más profundo y desconocido escondite.

Él empezó a besarle el cuello y el lóbulo de la oreja, le encantaba su olor, le volvía loco, ella le besaba el cuello y con su lengua le acariciaba por debajo de la oreja. Mordisqueaba su cuello. Comenzaban a sentirse realmente libres.

De pronto, los dos a la vez se separaron y sonrieron, pero con la mirada, como los que no les hace falta nada más que la mirada para sonreír y comenzaron a quitarse la ropa, casi con violencia.

Ella lo detuvo y fue rápida a hacia la lámpara, que estaba en la pequeña mesita de noche, dejó una luz tenue, solo para que nadie se sintiera mal, que aquella calma a punto de explotar siguiera el camino correcto y la suavidad fuera el ambiente que debía predominar entre dos personas que se aman. El de los sueños. La suavidad que siempre habían tenido los dos. La que sabían que existía.

Se quitaron la ropa, y se recostaron en la cama, él la besó, al tiempo que acariciaba su cuerpo, besó sus pechos con ansia. Eran preciosos.

Ella le decía, como siempre le había dicho…

– Son pequeños cariño, no hay casi nada – y el le repetía,

– Son tuyos cariño, de eso se trata. Eres tú. Me da igual. Son tuyos. Y estas tú. El resto da igual.

Cogió, con delicadeza, la cabeza de él y la atrajo hacia su pecho, le encantaba. A él le agradaba sentir su corazón a mil por hora, igual que a ella le encanta sentir el de él, totalmente desbocado. Volvió a besarla en la boca…. Con delirio…

El cuerpo de él rozaba el de ella, suave y hermoso, su pene rozaba su pierna, ella la subió, para sentirlo. Él sintió que un volcán explotaba dentro de su cuerpo. El deseo se apoderaba inexorablemente de él. Pero deseaba que fuera suave, quería saborear y que ella saboreara lo que tenían, en aquel bello momento.

Siguió besándola, ella también le besaba, les faltaba cuerpo, le faltaba vida para besar y tocar, más parecía una guerra que un amor. Era una guerra de amor. Él hombre besó todo su cuerpo para que sus labios lo guardaran en su memoria. Para tenerla siempre dentro de su memoria. Para nunca olvidarla, ella hizo lo mismo, beso y acaricio todo su cuerpo, querían tenerlo todo.

Bajó por en medio del valle de sus preciosos senos, hasta su vientre y se acercó a su pequeño ombligo y lo besó, siguió besándole con el corazón bombeando sangre, lo sentía en sus oídos. Continúo el camino hacia abajo y llego a su secreto, lo beso y acaricio con su mano, sus dedos entraron y salieron de aquella gloria húmeda y vibrante de aquella mujer que se revolvía entre las sabanas, casi elevándose al cielo.

Ella abrió más sus piernas, se movió, y se retorcía de placer, mientras acaricia su cabeza, la coge suavemente, y le acompaña, sin hablar, indicándole que siga. Acariciando los labios de él con sus dedos.

Él, casi sin aliento, acaricia con su lengua toda esa gloria del placer y la siente gemir diciendo su nombre, él absorbe con placer sus efluvios, es como una comunión vital, y sigue acariciando su sexo con sus dedos y su lengua.

Él oye la respiración de su amor, que se va alterando, acelerando, amando, y con una mano le va acariciando cual pluma la cabeza de él, y con la otra se sujeta a la sabana para no salir volando, a él le cuesta sujetarla. Algo se ha apoderado de los dos.

Él se incorpora y la mira, ella todavía tiene los ojos cerrados, y rodea con sus piernas su cintura, invitándole a entrar en ella. Los dos sonríen cómplices, él suavemente entra, y un cálido placer se apodera de su cuerpo, abre los ojos y vuelve a mirar su cara, se da cuenta que ella le esta mirando, le sonríe, le coge la cara y le besa, con una dulzura infinita.

Y la besa en la frente y empieza a moverse suavemente. Le besa las manos, le encantan sus manos, le acaricia los hombros, el cuello, los senos y mientras va moviéndose entre sus piernas, sin darse cuenta, los dos ya se mueven al unísono.

El tiempo se detiene, solo existen ellos los dos, los dos en uno.

Todo se acelera, como una posesión loca, ella jadea y gime, le aprieta los hombros… Y sus piernas le presionan hacia ella, en cada movimiento. Los dos susurran y se hablan, se acarician con dulzura, sus nombres o sus cariños que siempre se dicen en secreto, ahora resuenan en sus oídos como una bella música….

Y se escapan, susurros de te quiero mi amor

Y llega el final, se produce una explosión de amor, entre los dos, que les desmaya, que les une, ella aprieta su pubis contra el de él para sentir el orgasmo de su compañero y abre los ojos para ver como muere en su regazo, él no puede sostenerse y cede a caer encima. El mundo, la habitación, todo se hunde a su alrededor. Los dos sienten la dulce muerte del orgasmo.

Poco a poco, llega la calma, se besan con locura, entre ausencias de respiración y jadeos. Se acarician sus caras sonriendo y se dicen al unísono:

– Te amo mi amor.

– Te amo mi amor.

 

Javier Sánchez octubre de 2004

Texto recuperado datado en 2004, es lo que indicaba en la carpeta, aunque creo que lo escribí mucho antes junto con otros relatos eróticos.

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© Javier Sánchez 2019

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