Los dos.

Las flores la adornaban, como siempre, él la veía así, con la flor que se enlazaba en el pelo por las mañanas, toda la vida. Pero es que ella iba palideciendo, su respiración se tornaba suavemente crepitante.

Él , reclinado en su pecho, se desesperaba, iba notando que ella se le iba deslizando de entre sus dedos, que se iba. Se escapaba, aunque él le apretaba la mano, para evitarlo… descomponiendo su espiritu.
La tristeza, el desasosiego de la impotencia le ahogaba, un peso en la garganta y en el pecho le iba a reventar por dentro de un momento a otro. Se aferraba a ella, a ella que, después de una dulce mirada, cerro los ojos con calma, y su respiración se ralentizó, ya sin crepitar, ya sin dolor.

Él notaba que el cuerpo de su amada se diluía, entre sus lagrimas, hasta que ella, por fin, se dejo ir. Y él estallo sin hablar, sin emitir un solo grito, fue un silencio que hizo estallar los cristales de la habitación, los fríos muebles de aquel pequeño habitáculo temblaron, los aparatos que contralaban la muerte de su amada, empezaron a fallar, apagándose y encendiéndose, la vida se escapaba de aquel lugar, las lágrimas de aquel hombre se derramaban en el pecho de ella. La tristeza de su alma se hizo visible, se podía tocar, viscosa y terrible e inhumana.

Él la sujetaba con fuerza con sus ancianos y temblorosos brazos, aferrándola a su propia vida, quería darle la vida, su corta vida, para que no se fuera, para que no le abandonara en aquel futuro páramo, que seria su vida sin ella. Una tristeza desfallecedora contamino a todos los presentes, que aguantaban el suspiro al ver a aquel anciano perder su sombra, su luz, su guía, a su compañera de vida. Pero ella partió. Su compañera partió, después de más de cincuenta años de ser sombra mutua.

Él recordaba que siempre le decía que la quería, se lo decía todos los días. Hasta que un mes antes, antes de caer enferma, le dijo:

– Te amaré hasta cuando incluso solo pese veintiún gramos.

Y ella sonrió, y le beso.

Y ahora, ahora ya no estaba, se fue antes que él. Estaba solo, sin ella. El terror, la tristeza y la agonía de vivir sin ella, le estaba atenazando el alma. Aquel anciano, acababa de morir y no se había dado cuenta. Allí yacía su vida de pelo blanco y precioso semblante.

Allí murieron los dos. Y uno, no lo sabia.

 

Hace tiempo, vi esta escena en un hospital, y conmociono mi alma hasta tal puento que lloré en mi habitacion. Dedicado a los amores infinitos, a los amores que se besan, que se hablan, que se dan la mano, esas manos que arrugó el tiempo. A esos amores que nadie cree que existen. A esos amores que me han enseñado que es amar. De verdad.
No hay nada mas poderoso que el amor.

©Javier Sanchez 2019

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