La rosa

Y aquel hombre se dirigió a la playa, a aquella playa, dónde, entre espumas y arenas, habia un rincón, para él, único.

Como cada domingo, como le prometió a su dama, con paso cansado se acercaba a aquellas rocas, de la playa de sus recuerdos. Donde su memoria vivía cada día.

Él, cada vez que iba allí, y se acercaba a aquel sitio, se le aceleraba el corazón, porque allí, allí, entre aquellas rocas, acariciadas por el mar, surgió una belleza única. Y, con solo recordarlo, las lágrimas afloraban para caminar lento por su arrugada piel.

Allí nació algo que nadie entendió, ni ellos mismos, o posiblemente si, porque fue tan bello y puro, que les arrastró a que, día a día se vivieran sin aire. Y aunque muchos quisieron destruir y arrasar aquella inexplicable y preciosa unión… nadie los consiguió. De la manera que los odiosos pensaban.

Aquél hombre, con pausa, tranquilamente, paseando, llego a las rocas y se dirigió a una. A una en especial. Gris perla, preciosa y con una forma cómoda. Allí vivió con ella las noches de caricias más hermosas de su vida.

Se sentó, mirando al mar, con la rosa entre las manos. La brisa del mar acariciaba su cara y el sonido le recordaba a los susurros de aquel día, los olores la suavidad de unos labios, y pensando, abstraído, lejos del mundo, con las lágrimas en los ojos, que le nublaban la bella visión del mar que le acompañaba, aquel mar que les contempló.

El hombre se levantó, se secó las lagrimas y entre aquellas rocas plantó en la arena una rosa, después de darle un cálido beso.

Y partió.

Esa rosa era para una mujer, la mujer más encantadora que él jamás había conocido.

Pero es que después de mucho sufrir, la vida no les dejó estar juntos, pero es que tampoco podían estar el uno sin el otro, y un día, a causa de tanto sufrimiento, decidieron abandonar aquel amor y el le prometió que cada domingo, durante toda su vida, allí habría una rosa para ella porque él, ya no le podía dar mas que esa belleza.

Ella lloró, porque sabía que no podría recogerla nunca. Y él, con una sonrisa de amor profundo, le dijo que no se preocupara, que no existía problema alguno, si ella no podía recogerla. Pues lo más importante era que él le dejaría la rosa, para ella. Y ella lo sabría igualmente, aunque estuviera a kilómetros, porque aquella rosa estaría allí por y para ella.

Siempre. Toda la vida.

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© javier sanchez 2019

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