Sentado soñando, pensando.

Sentado mirando al techo, lo hago mucho y os aconsejo que lo hagáis, pienso largamente en mi juventud. Con una sonrisa tonta en la cara. A mi edad, larga edad, asumida edad.

Pienso en esos tiempos que quedaron grabados en mi memoria. Y me permito el lujo de pensar, soñar, sobre todo con aquellos amores, amores tempranos. Amores que fueron capaces de trazar mi forma de sentir y de caminar, el resto de mi vida. Gracias a ellos, gracias a aquella maravilla, soy como soy. Pienso que no hay nada que te muestre el camino de la vida como los amores vividos y, por cierto, los que te quedan por vivir. Nunca he rindas.

Y recuerdo aquella edad, la edad en la que todo me afectaba multiplicado por mil. Aquella edad en la cual tenia la piel tan fina que cualquier roce, cualquier situación, me llegaba al hueso, me hacía explotar como una supernova.

Aquella preciosa edade, en la que me enamoraba cada día… un par de veces, aquella sensibilidad a todo y en especial al efecto científico, “me enamoro que ya es mediodía”.

Pues que quieres que te diga, era algo precioso. Es algo precioso, aún hoy para mi. Yo…. (bicho raro), lo siento asi. Todavía… me sucede.

Pero Ay.!! Recuerdo aquel momento, porque esto sucede en un momento concreto, que cuando menos lo esperaba apareció, apareció el no poder explicar, por que narices me faltaba el aire delante de aquella chica. Aquella chica, que era como la nitroglicerina, tenía en su frente “no agitar.”

Crecí con ella y hasta el momento estaba muy acostumbrado a su presencia, tal vez no me di cuenta, de que esa costumbre se estaba transformando. Y me sorprendió el no saber que hacer cuando, aquella tarde, fui a buscarla, como cada dia, no me di cuenta que al pulsar el botón del telefonillo de su casa, como cada dia, me temblaba la mano, y que después del sonido, al segundo, como siempre, contestaba ella. Pero aquel dia, después de escuchar su voz, me vi tartamudeando cómo un tonto… Y solté un…

– Hola María soy Javier

¿Hola María? Mi joven cerebro se bloqueó, pues hasta aquel día, la historia no era asi de veras que no era asi. Siempre había sido:

– ¿Hey Mari, bajas.?

Y el no entender, que aquel dia, estaba perdiendo los nervios, mientras oía la puerta de su casa, la puerta del ascensor cuando llegaba abajo, el salto de los cinco escalones, abría la puerta de la portería y me saltaba a los hombros,
– Hola Javiiiii !!!
como había sucedido siempre, toda la vida y me daba dos escandalosos besos que yo siempre correspondía.

Pero ese día en especial, me asuste porque se me paro el corazón, con ella, como siempre cogida a mi cuello y diciéndome.

– Hoy has tardado eh?. No me gusta cuando llegas tarde.

De pronto, de impacto, me vi mirándola, mirandola distinto y, de hecho, María a mi tambien, pero yo también miraba alrededor, como buscando a alguien, buscando algo, algo que me quitara la sorpresa del corazón. Lo recuerdo, pero es tan especial que no sé explicarlo. Con diecisiete años todo es sorprendente.

¿Sabéis? Aunque, a María, la había visto mil veces, cada dia y con diferentes alturas. En el cole, en párvulos, de vacaciones, en el instituto, en el camping… Cuando nos encantaba que el viento nos rozará la cara. Siempre estábamos juntos, “los rubios”, nos llamaban nuestros amigos. Los dos lo eramos.

Y, aquel día, empecé a andar con ella al lado izquierdo, como siempre, a María le gustaba ir a mi izquierda, pero desde pequeños, era algo muy curioso, y aquel dia, me pasó el no saber como o donde ponerme, ni a su derecha sabía ponerme.

Y como un destello de luz, darme cuenta de que ella era mi compañera, mi hermana, mi amiga de toda la corta vida. Pero ahora, ese hoy, era todo eso y más, era mi María, la que cada día me hacia reír y bailaba a mi alrededor cómo una loca. Mi María, mi piel. Ahora, ese hoy, era algo más, algo extraño y tan nuevo que me hacía sonreír constantemente. Pero ella si, ella sí lo sabía, por supuesto, ella, aquel ángel me lo estaba enseñando.

Habíamos entrado a la plena vida, plena juventud. Nuestra amistad se había transformado en algo que es difícil de explicar si no llevas mis gafas. Todo era extrañamente grato. Y todo empezaba a ser como muy maravilloso.

Y fue cuando, por primera vez, nuestras manos se rozaron de forma diferente y los dedos se entrelazaban, se apretaban aquellas manos diciendo, “te siento”. Sin mirarnos, nos veíamos. Aquello siempre había sucedido, nuestras manos siempre andaban juntas, pero esta vez sentí como aquello inundaba mi mundo, me invadía como un cálido bien estar.

Sinceramente creo que ella, creo que María, me enseño lo importante que es el coger de la mano, saber lo que se siente y saber lo que siente la persona a quien se la coges. Coger de la mano, coger la mano de alguien, es la demostración de la mayor sinceridad y confianza, es el significado de “estoy aqui y te siento de veras”. María, con diecisiete años, me enseño que significaba aquello.

Y estábamos en aquello de no saber quien empezaría a hablar de lo que se suponía que serían las “cosas serias”, aunque ya hablabas de “cosas serias” desde mas de 10 años atrás, desde tiempos que ella era mi sombra y yo la suya, que de pronto se había trasformado y había irrumpido cómo una hermosa brisa en mi vida. Sin darme cuenta. Sin darnos cuenta.

Aquel dia, aquella mañana de marzo, algo invisible lo cambio todo, todo era diferente. Entre los dos, todo se dio la vuelta.

Y es que, simplemente la juventud nos había contaminado con su virus. El despertador de los sentidos, había llegado del largo viaje, desde la infancia, pasando por la tontería y llegando al, te siento cerca y quiero sentirte mas cerca. Acababa de llegar aquel peligroso y adorable señor llamado amor. Y de pronto, en una esquina, todavía me acuerdo, llegó el inocente beso de ojos cerrados y manos entrelazadas, el beso de respiración agitada, ese beso que no puedes parar, que no hay manera de detenerlo, ni para respirar, ese beso guardado, que la vida no te ha preparado para el, esa montaña rusa, ese beso, que cuando acaba, la miras y sonríes, y te abrazas con una cálida e inigualable sensación.

Y, la verdad, eso, mezclado con aquella juventud explosiva, aquel conocernos desde el amanecer hasta el anochecer. Ya no había forma de pararlo ni contando las estrellas sentados en el banco de detrás de casa, como hacíamos cada noche desde bien pequeños.

La verdad, hecho de menos y mucho, aquel sentimiento del tiempo rozando tu cara y atravesando tu cuerpo. Puede ser que no me haya adaptado a mi edad. Me da igual, la verdad. Incluso lo agradezco, me siento más vivo.

Y que algún psicólogo o alguien excesivamente maduro y con la cabeza “amueblada” me diga que tengo algún síndrome raro, que por cierto no sabrá ni describir, si no es que mira hacia atrás en su vida y me encuentra paseando por allí.

Pero, que pasa oye, yo solo se que me encanta pensar en ello, en ella y en aquello, y no dejo de pensar, aunque la gente me dice que nada ya no es como antes, que ya todo eso paso. Quien ha dicho que pasó. Aquellos momentos si, pero los sentimientos, no. Me de acordarme de aquel dia de marzo y de María.

Pero yo me digo, que no esta prohibido soñar, que no esta prohibido que todavía me guste enamorarme casi cada día. Y no esta prohibido sentirse joven, aunque pocos me entiendan.

Y sobre todo me gusta porque hay gente que piensa que no es normal. Que es raro, extraño. Me da igual. Al fin y al cabo, lo raro y lo extraño tambien es único y bello.

Ella fue un huracán y mi encantadora amiga, mi princesa y mi primer amor. Ese amor que queda tatuado en la memoria y ronda tu vida.

Porque es culpa tuya, María, que todavía sea capaz de enamorarme, de las almas, no de cuerpos preciosos, sino de almas encantadoras, cada día, y, os lo prometo, con aquella fuerza.

Y si. Soy raro.

© Javier Sánchez abril de 2021

2 comentarios en “Sentado soñando, pensando.

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