Cuando el viento te acariciaba la cara.

Corría el verano de 1974, caluroso y pegajoso verano de Barcelona, recuerdo que por aquellos tiempos, íbamos, los fines de semana, a un camping en la población de Castelldefels en el cual había parrillas y diversos sitios para asar y cocinar a la leña. Aquel camping, se llamaba «La tortuga alegre», estaba situado al lado de lo que ahora es la autovía de Castelldefels, a cinco minutos del mar. Allí ibamos con mis padres, hermanos y amigos del barrio e incluso de mi escalera. Pura diversión, aventuras, calor y agua.

Bien de mañana partíamos para la estación de tren en plaza Cataluña y vamos allá, casi una hora de viaje. Bajábamos en Castelldefels playa. Para mi, importante viaje, con los amigos. Con catorce años de los de antes, ibas en el tren observándolo todo y grabando en mi mente, lo que ahora os cuento.

En aquel camping, lleno de gente de pocos recursos, trabajadores, sin casa en la montaña, ni en la playa, en todo caso la famosa  «casa del pueblo», que era de los abuelos. Recuerdo a mi padre, en camiseta blanca imperio, asando cordero en las brasas con los amigos, vecinos del barrio y del trabajo, mas los que se habían hecho allí, era feliz, mi padre no siempre podía ir al camping, el trabajo esclavo le tenia pillado, cinco hijos eran muchos hijos, pero salir de la agonía del trabajo y poder pasar el día olvidándose del sufrimiento diario, le hacia grande. Aquel hombre que se dejo la piel de tanto trabajar, solo necesitaba eso, una tarde o un fin de semana, en aquel camping. Suficiente para él y para todos nosotros.

También recuerdo a mi madre preparando la mesa en la que comeríamos todos, unos veinte mas o menos, hablando con las amigas, era su escape de tanto niño y tanta tensión acumulada. En la radio, aquella radio a pilas, con funda de cuero, con una antena enorme y un sonido bastante malo, en Radio Nacional de España, emitían el parte. Lo que ahora son las noticias.
Mi madre, en ese momento empezaba a cantar, cantaba aquellas canciones de la época, Manolo Escobar, Valderrama; pero como con más cariño recuerdo es cuando cantaba una de Lola Flóres, «La bien paga». Ciertamente mi madre la cantaba maravillosamente bien, con un arte que a muchos asombraba y a mi me embelesaba. A veces me pillaba mirándola, sonreía y me decía:
– Hijo, para lo que cuentan… es mejor cantar, te lo aseguro»

Los niños, bueno los niños de antes, que teníamos entre 12 o 14 años, o sea niños, en aquella época éramos niños de verdad, auténticos, no había tantos problemas añadidos a la infancia, adolescencia, andábamos todo el día en la calle, jugando a todo lo que nuestra cabeza, libre de imaginaciones artificiales, pudiera inventar, que era mucho, por cierto.
No se precisaban ayudas en el colegio, ni psicólogos, ni orientadores cuando se torcía algo. Sorprendentemente todo se arreglaba con un pelin de tiempo y un pasar el brazo por encima del hombro del amigo o amiga. Era muy sencillo, era más sencillo.
Andábamos con nuestros amigos, de barrio, de colegio, de escalera de vecinos y también ya con las las parejitas de verano, los secretítos entre las chicas y por supuesto también entre los chicos, que los había y muy buenos.

– La Marí (si, la famosa María, ya os he hablado de ella, el amor de mi juventud) esta por el Javi.
.- Como lo sabes ?
.- Me lo ha dicho ella…
.- Halaaaaa, siiiii !!!

Aquellos veranos eran puros, inocentes, no estaban manipulados, por nada ni por nadie, eramos como muy auténticos y, la verdad, pasarían marcando nuestra memoria, la de todos nosotros.

Ángel, Ana, María , Leti, Maribel , Nuria, Inés ,Luisa ,Carmen, David , José Manuel, Jorge, Roberto, Eloy, Clara y yo. La banda del colegio, del barrio, de la escalera.
Aquellos tiempos eran un devorar la vida al oreo, todo el día con el viento en la cara y el sol por todo el cuerpo. Los despertares de la vida. Las heridas de las caídas, con mercromina y pa’lante, los piratas, luego los escondites, también los…
– Javi, te vienes luego a la roca tu y yo solos ?
.- María, no lo se, es que se vendrá mi hermana.
.- Pues ya la pondremos con mi hermano que se quede con ella.

Recuerdo los atardeceres sentado en una piedra viendo como se ponía el sol y cogido de la mano de María. Aprovechando la hora ciega. Ni día, ni noche. Poco antes de cenar.
Precioso, aquella mano que me estremecía y que me hacía sentir el ser humano más importante de aquel bosque cercano a la playa y parte del mundo exterior.
Era el más grande, pues ella me concedió el honor de poder quererla y de que aquella mano acariciara la mía. No había nada capaz de medir el tiempo, nada que fuera capaz de que el corazón dejara de palpitar de aquella manera, ni nadie que pudiera averiguar donde estabas, con una excepción, mi madre, que con un grito te localizaba de inmediato. La madre murciélago.

En verano, hacia viento, al atardecer siempre hacia viento, no brisa, era viento el que nos resbalaba por la cara y nos acariciaba con cariño por todo el cuerpo, te soplaba al oído tu valiosa juventud. Aquello era precioso. El mar empujaba a aquel viento para hablarnos. Pero yo, pobre mortal, solo veía a aquella chica que miraba al mar, María siempre lo hacía, el mar le atraía, se la llevaba de mi lado. Me la robaba, siempre. Miraba su pelo movido dulcemente por aquellas plumas invisibles que nos acariciaba y nos daban las buenas noches.
Y me perdía mirándola, todo se detenía en un largo parpadeo, hasta que aquella bendición se dignaba a girar su bella cara, me miraba y me sonreía. Recuerdo con dulzura como aquella sonrisa me desarmaba. Me hacía desfallecer. Ella siempre esperaba a que le devolviera la sonrisa para lentamente girar su rostro y volver a mirar al mar.

De veras os digo que hecho de menos aquella inocencia tan sencilla y pura. Aquellos sentimientos que tanto han arraigado en la gente de mi edad. Y me convirtieron en lo que soy.
¿Sabéis? creo que, hoy por hoy, nos hace falta a todos un pequeño retazo de cuando fuimos felices y no necesitábamos saberlo.

© Javier Sánchez enero de 2022

Anuncio publicitario

12 comentarios en “Cuando el viento te acariciaba la cara.

  1. Quina meravella, Javier! Quanta anyorança d’aquella innocència i d’aquells dies. Un plaer retrobarte. Una abraçada

    «De veras os digo que hecho de menos aquella inocencia tan sencilla y pura. Aquellos sentimientos que tanto han arraigado en la gente de mi edad. Y me convirtieron en lo que soy.
    ¿Sabéis? creo que, hoy por hoy, nos hace falta a todos un pequeño retazo de cuando fuimos felices y no necesitábamos saberlo.»

    Le gusta a 1 persona

  2. Gracias Javier , con tu hermoso relato ha venido a mi memoria mi infancia en mi pueblito , nosotros los niños de pueblo no teníamos mar pero hacíamos muchas excursiones a las montañas de la zona .

    En verano lo pasábamos genial porque venían nuestros amigos de la capital , los días no eran tan aburridos , solo nos veíamos una vez al año pero cuando nos veíamos era como si no hubiera pasado el tiempo .

    Hoy ya somos adultos y muchos de nosotros abuelos , cuando nos vemos enseguida nos ponemos al día .

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.