Ella

Hay una tristeza que está invadiendo el mundo y no la vemos.

Estoy, entre botica y botica, entre fórmula y fórmula y con permiso del galeno, buscando aquella pequeña flor, la que da nombre a la humanidad, la que da nombre a la vida. Esa pequeña de cara amarilla y pelo blanco, inocente y temerosa de los tiempos.

La pequeña flor, la única, que nos puede salvar de este embravecido mar de negocios, de carne y llanto, de acero y sangre, piel desgarrada, de ruidos infernales que devastan las vidas sin pausa. Porque las armas del dinero y del egoísmo no piensan, los pensadores armados, los caníbales de la vida. La pequeña e insignificante flor es la única que puede salvar a esta maltrecha humanidad.

Con mi poca fuerza, andaré los mil tiempos buscando a aquella pequeña flor, la que da nombre a la humanidad y un terrible dia se escondió en el rincón mas profundo del alma del hombre, aterrorizada por lo que está viendo, sintiendo, doliendo.

Escondida, mi pequeña, para no ver que los perjuicios causan juicios. Para que no ver que las religiones son obras de teatro, variaciones de mil directores que causan llanto y muerte.

Si la fuerzas no me fallan, con permiso del galeno, te buscaré, incansable, para salvarte de donde lloras escondida, porque ves a un niño llorar por el hambre, el miedo, con el alma muerta y la mirada perdida entre un bosque de gente que llenan su mente de hipocresías, cinismo y mentiras, mientras ellos llenan el gaznate de viandas que nunca llegaron a su destino.

Mira a tu alrededor y cuéntame, por favor, porqué no me dijiste que la maldad, la frialdad humana iba a campar a sus anchas. Sin medida. Sonriendo, en sus palacios de invierno, con sus corbatas de seda y sus podridos egos para razonar.

Si las fuerzas me acompañan, cavaré y cavaré buscandote mi pequeña flor, la que nos dio la capacidad de amar.

El galeno, mi galeno, entre fórmula y fórmula, que me arranca un pedazo de vida cada dia, me ha permitido buscar a aquella pequeña flor, la que nos dio el bello nombre de seres humanos.

Y es que la quiero encontrar para decirle que no llore, que no siga escondida, que, a lo mejor, si que hay solución, porque si los hombres buenos callan, imperará la maldad y lo que es peor, la ausencia de la bondad, pero si sólo uno de ellos levanta el puño, todo rodará como una avalancha.

Y cuando la tenga entre mis manos, suavemente, la plantaré en medio del mundo, para que todos, al ver tal belleza, sintamos la vergüenza de ser como somos. Para que todos, unos por hacer y otros por callar, nos avergoncemos de llamarnos gratuitamente humanos, con un arma en la mano y en la otra un símbolo injusto de la justicia.

Hay una tristeza que está invadiendo el mundo y no la vemos.

©Javier Sánchez mayo de 2022

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