Por la calle blanca

Por la calle blanca, aparecía cada día, aquel anciano, desde el fondo de la calle, con su bastón de madera de cerezo, parsimonia en sus piernas, mirando al suelo y al final de la calle, con cuidado de no resbalar, pues llovió la noche anterior. De vez en cuando se detenía y observaba a cada lado de la calle como pensando en algo muy importante para su vida.

La calle blanca, de casas bellamente encaladas, con ribetes de azul a los pies de las mismas, de ventanas de a pie, de rejas negras y blancas que abrazan sus quicios. En cada ventana de cada casa rebosaban las flores como cataratas de vida, precioso río de colores por el cual, el anciano, subía con la calma de la edad.

Él, en cada una se detenía y, con voz quebrada, daba los buenos días, con el tartamudeo que le acompañó toda la vida. Sabía que a la hora siempre había alguien invisible tras las bellas rejas y las cataratas de flores.
– Bu, Buenos día seña Ju, Juana, ¿puedo?
– Claro que si, claro que si, buenos días.

Con su camisa, que un día fue blanca, aquellos pantalones grises traídos de mejores tiempos, a los que amarraba un delgado cinturón, atado a su escuálida cintura, el anciano alargaba su huesuda, pero suave mano y con la delicadeza de un ángel cogía la flor permitida. La recogía en la mano que portaba el bastón, con suavidad.

El anciano paseaba de ventana en ventana, de lado a lado de la calle blanca y de saludo en saludo se iba formando el sueño diario a lo largo del paseo. Lo que él buscaba, cada día.

Al final de la calle blanca su sonrisa ya estaba dibujada en su cara. Una triste sonrisa que acompañaba a todos los buenos días y al precioso ramo de flores, de flores blancas, rojas y azules.
Terminando el paseo por la calle blanca, continuaba por el camino de tierra, entre los grandes árboles que guardaban las historias de las gentes del lugar. De inmediato, en un recodo, una pequeña cancela, que conoció el final de todos los seres que la cruzaban. Se le iluminó la cara, antes de cruzarla, se detuvo, recompuso su vestimenta, el poco pelo que le quedaba y arreglo el ramo de flores. El anciano, con los ojos brillantes, dio el paso por el estrechito camino de piedras húmedas. Sin prisa, pero con una sonrisa preciosa.

Se acerco a la pequeña lápida, escondida en un bello recodo, al pie de la cual todavía había un pequeño ramos de flores frescas, blancas, rojas y azules. Arrodilló la pierna derecha, las retiró con ternura y las beso, y con otro beso deposito, con delicadeza infinita, las que había recogido a lo largo de la calle blanca.
Con ojos vidriosos el anciano se tocó los labios y traslado el beso a la lapida.
– Hasta mañana Luisa, mi vida.

Volvió camino abajo, entre los arboles y recuerdos, con el ramo de ayer en sus manos.
Por la calle blanca bajaba el anciano, devolviendo las flores, una a una, cada flor a su ventana, sin error alguno, y dando las gracias y los buenos días a todos.
– Bu, buenos días seña Juana y mu, muchas gracias. Aquí tiene.
La seña Juana recogió la flor aún fresca del día anterior.
– Buenos dias, gracias a usted. Cuídese mucho y hasta mañana.
La seña Juana le devolvio el saludo con el alma en un puño y los ojos vidriosos. Puso la flor de ayer en un jarrón con agua, en el cual estaban todas las flores de la semana, como cada uno de los habitantes de la bella calle blanca, que revivian cada día el paseo del anciano.

La calle blanca, era un río precioso de amor, que el anciano creó, desde que ella se fue, ya hace décadas, día a día, año tras año. De subida y de bajada.
Esa preciosa calle blanca.
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©Javier Sanchez diciembre de este maldito 2020