Olor a musgo en casa

Olía a adoquines mojados, mezclado con el aceite de los coches y el agua de la lluvia, a húmedo y frío octubre. Aquellos octubres de mediados de los sesenta, grises como la gente que cada día se dejaba la vida en las fabricas, sirviendo a los señoritos propietarios de las fabricas, la burguesia catalana.

Vivíamos en un edificio de seis plantas, más el ático que daba al terrado de la casa. El edificio modernista compuesto de principal, que es donde en aquellos tiempos vivía la gente de dinero, es por ello lo de principal. Esas viviendas eran las más grandes de la finca, por lo normal el doble ya que si cada planta se componía de 4 pisos, en el principal se componía sólo de dos. Estas viviendas poseían la parte trasera del edificio que casi siempre eran jardines, que componían la parte interior de la manzana de edificios. Yo jugué de pequeño, de muy pequeño en aquellos jardines, la señora Rosalía, propietaria del principal, nos cuidaba mucho. Una señora mayor, sin hijos y soltera, heredera de una fortuna. Poco recuerdo de ello, sólo recuerdo una fuente en la pared del enrome jardín, árboles y una escalera que bajaba de la vivienda al jardín, recuerdo olores, olor a la humedad del jardín y al musgo que se creaba alrededor de aquella fuente. Poca cosa más, pero increíblemente, son recuerdos de hace 54 años, de un niño de cinco años. Creedme, la memoria es algo increíble.

Y en casa, en el terrado de casa, el musgo también crecía por todos los rincones, mucha humedad, cuando llovía, que era mas a menudo que ahora, se quedaba el agua estancada en los sitios más insólitos. Desde allí se divisaba un bosque gris de chimeneas de las industrias, sobre todo telares, de metalurgias, manufacturas de goma, pinturas, etc… hecho este que dejaba, al atardecer un el gris anaranjado.
Curiosamente al lado de casa había una fábrica donde se manipulaba la chufa, era una fábrica enorme, desde allí salían los carros y pequeños triciclos para el reparto de la chufa a las lecherías o ya en botellas, la deliciosa horchata de chufa. Recuerdo que, con mi hermano Ramón, íbamos a robar chufas a esta fábrica, ya que las ventanas del sótano quedaban muy al alcance y las tinas donde depositaban las chufas en agua estaban a la mano de cualquier bracito de 6 años como el mío. Un bote para mama y otro para el camino.

Entre el colegio y casa pasaba la vida, sin ver a mi padre entre semana, sólo llegar a verlo de refilón y esperando el domingo. Ay, aquellos domingos, recuerdo que iba con mis padres y mis hermanos a tomar una horchata, mi padre se tomaba un vinito, un chato, y nosotros una horchata, era un día de fiesta pues mi padre estaba y lo teníamos para nosotros, libraba de aquellas 12 horas diarias de trabajo agotador, en una fabrica de telas, ya hablaremos mas tarde de ello, pero ahí estaba, con sus hijos y amigos del barrio. Si, antes había amigos del barrio, amigos.

Nosotros, toda la familia, vivíamos en una portería, que le consiguió mi abuela a mi madre. Con ello, mi abuela, consiguió sacar a mis padres de habitaciones alquiladas por seres infrahumanos, o de pensiones miserables, que ellos llevaban años habitando y… trabajando por supuesto. La lucha de la migración interior española, la historia se repite décadas después, sufrimientos, explotación y humillaciones, día a día.

En aquella portería había un pequeño cuarto, en la planta baja, que se componía de cocina-comedor y en la sexta planta (los valiosos áticos de ahora), había 2 habitaciones, una sala y un pequeño baño. En aquel edificio el tipo de vecinos pertenecían a la burguesía catalana, médicos, arquitectos, abogados, los herederos de la iglesia, que lo controlaba todo, falangistas, militares y franquistas de pro. Vamos un infierno para el trabajador.

Mi madre, libraba los domingos, de los señoritos del edificio y aunque teníamos vivienda en la finca, como he dicho, ella prefería que nos fuéramos de allí para no estar bajo el yugo de los que les importaba una mierda, si descansaba o no, después de 6 días de esclavitud y le mandaran a hacer recados estúpidos, después de venir de la iglesia, todos ellos guapitos, a buscar el diario o a comprar el pan, cuando ellos acababan de pasar por delante del horno, del kiosko de camino a casa. Los mismos hijos que ahora (también de la derecha mas rancia) abogan por una igualdad (con la boca tan pequeña que no cabe un silbido).

Mi madre, aquellos domingos nos arreglaba a los cuatro, (mi hermana Silvia no había nacido todavía) y salíamos bien guapitos directos a la Rambla… a la Rambla del Poble Nou.
En la rambla del Poble Nou se vivían siempre con alegría los domingos, los niños nos conocíamos todos, los padres y madres se hablaban y se sentaban en los bancos de la calle a debatir de lo que fuera, poco se podía, bien poco, porque no se podía debatir en aquellos tiempos, pero se hacia entre labios pretos y gestos, mirando que ni se acercara ningún uniformado o ningún elemento adepto al régimen. Era una época muy dura para la clase trabajadora, para la palabra, para la libertad y sobre todo para los pobres de dinero, si, de dinero, pero ricos de espíritu. Época de chaquetas de pana, pantalones cortos, pañuelo en la cabeza y frío, mucho frío en invierno.

El Poble Nou (Pueblo Nuevo en castellano) fue conocido como el Manchester catalán a finales del siglo XIX, la clase trabajadora, malvivía, sudaba sangre y lágrimas, en cuenta debemos de tener que estamos a mediados de los 60 y la clase obrera era explotada sin miramientos por los empresarios sin escrupulos, hijos del franquismo, pero ya despuntaba la rabia, el…

– “Pilar, estoy hasta los cojones de este tío y del lameculos de Mariano”
– Ramón, tranquilo por favor, piensa en los niños…
– En ellos pienso Pilar, en ellos pienso…

… era el ya basta, la rebelión, el váyase usted a la mierda. Y el cuando se morirá este cabron y toda su pandilla de bandidos.

La gente dominaba el difícil arte de reventarse a trabajar de lunes a sábado y el domingo salir con los hijos a vivir al sol, si lo hacia, si no se inventaba, y había que ocultarles la mierda y la miseria que ellos padecían. Se escuchaba la radio, sobre todo la radio y todo mentiras, pero se escuchaba, .as que nada para elucubrar y darle la vuelta a lo que te contaban o para no hacerle caso. La televisión no estaba al alcance de según qué clases, tampoco habría diferencia en aquella época. Un domingo cualquiera, un suspiro en aquella dura, durísima vida, la que vivieron mis padres.

De vuelta del paseo, los juegos en el terrado de casa, bendito paraíso, eran increíbles, espadas de madera y caballos hechos de escobas rotas. Aventuras únicas e irrepetibles que, aún a mi edad, recuerdo con un peso en el pecho. Bella e increible la memoria, no me acuerdo de lo que cene ayer y si me acuerdo de cómo jugaba con mis hermanos en el terrado de casa.

Ya de vuelta el lunes tocaba cagarse en la madre que parió la hijo del dueño de la fábrica, famoso falangista, golfo y cabrón. Padre de algún gilipollas de extrema derecha que alentaba a jóvenes de la época. Ahora, hoy por hoy, los hijos de aquel gilipollas salen con las banderas con la gallina, símbolos nazis y de la falange y gritando viva España, grande y libre. Grandes sorpresas aparecerían en años venideros, cuando estos mismos aparecieran, ya en democracia, en la vida política. Y grandes sorpresas las de los padres que reconocían al golfo cabrón reconvertido a la democracia.

Dura vida, duros días, enfermedades, sacrificios, “si señora”, “si señor”, “lo que usted diga” Pero ahora estoy donde estoy porque mis abuelos y mis padres, Ramón y Pilar, perdieron su salud y su vida para que yo esté aquí escribiendo esto en un ordenador de última generación con al aire acondicionado puesto y tomándome un café.

Por ellos…dos.

No dejemos que se pierda el legado de su lucha, de su vida, por las estupideces de unos cuantos.



© Javier Sánchez octubre de 2021

Ella.

Aquella tarde de octubre, salí de trabajar a las 19 horas, una hora antes de lo previsto. De hecho mi jornada laboral en aquellos tiempos terminaba a las 20 horas, pero aquel era un día muy especial.

Nervioso, estaba muy nervioso, salí de la oficina y fui directo al Paseo de Gracía, para dirigirme, a seis calles mas hacia abajo, para girar en dirección a Gran Vía. Y allí me esperaba ella. Ella. Y hacia meses ya.

Corría el año 1980, hacia un año frío y extraño, de esos que de vez en cuando, en Barcelona te arrasan, te apocan, ese frío que, gracias a la humedad, no te lo quitas de encima de ninguna manera.

A ella ya la había visto a principios de año y… me enamoré al momento. Fue ese instante fugaz, que cuando te enamoras, ocupa toda tu mente y me dije:

– Es preciosa, nunca había visto algo tan bonito, he de conseguir que estés conmigo, tarde o temprano.

Aquel cuerpecito tan perfecto, aquel pelo plateado, aquella boca preciosa y aquel timbre de voz tan especial y perfecto. Ofuscaba los sentidos, me obsesionaba, me encantaba.

Aquella tarde de octubre de 1980, con mis 18 añitos recién cumplidos, fui a por ti, fui a aquel lugar, para ver si querías venir conmigo, después de seis meses de lucha encarnizada contra el tiempo. Las horas, las noches, el duro trabajo. Durísimo.

Pero conseguí el primer paso.

Y llegué, llegue temblando, me quedé en el quicio de la puerta, incluso saboreando los nervios que invadían mis manos y entré en aquel lugar, donde sabia que, tú, siempre estabas, te busque con la mirada por todos los sitios del lugar y allí, por fin, apoyada en la pared, bella y espigada, como si me estuvieras esperando desde siempre. Preciosa y arrebatadora.

El estómago se me salía por la boca. Me encamine a un señor que andaba por allí, muy encorbatado el y le dije:

.- Quiero aquella guitarra, por favor….

Desde entonces, desde aquel dia has sido mi compañía perfecta. En mis días tristes, alegres, música, bolos, jamm sessions de blues puro, conservatorio, novias, gente. Has vivido conmigo desde hace cuarenta años y he aprendido de ti y tu de mi.

Tú, mi guitarra.

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© Javier Sánchez febrero de 2021

La música de mi madre

Esta canción, cuando yo era bien pequeño, la oia cantar a mi madre siempre, pertenecía a un disco de mi hermano. Mi madre la cantaba al pie de la letra, madre no sabía inglés, yo tampoco, solo tenía 10 años, pero me decia, tiene que ser preciosa y tiene que decir algo bonito hijo.

A mi madre le encantaba la musica, toda la música, siempre tarareaba todas las canciones, igual que mi padre, hombre aragonés de poderosa voz. Pienso que de ahí salió mi instinto y devoción por la música, al igual que mi hermano, todos multiinstrumentistas.

Pero esta canción, al igual que la titulada L’appuntamento de Ornella Vanoni, son canciones que marcaron mi infancia. Gracias a mi madre.

Años más tarde, llegó un día que le mostré a mi madre lo que cantaba Paul.

Lloró. Y me comentó

– Te lo dije

© Javier Sánchez agosto de 2020

Tiempos

Canción: L’appuntamento (La cita)

Ornella Vanoni


Eran tiempos de colegio, de olor a lapiz, a goma de borrar olor a nata, a papel, a bolígrafo, a bata de rayas, a tiza. 

Tiempos a olor de  jabon lagarto. A lejía. A pan con chocolate, a tierra mojada, balon de cuero gris, pesado como una piedra cuando se mojaba. Tiempos de barro en las rodillas y amigos llenos de barro. 

Tiempos de madre danzando por casa cantando, con aquella preciosa voz, siempre con la radio a volúmen alto. Cantando, mientras padre dormia, porque el hombre trabajaba de noche. Habitación cerrada a cal y canto y dsitribuidor tambien. El duro trabajo acabo con él, nada más jubilarse.

Y aquella canción, aquella canción, que recién llegado al mediodía de colegio mi madre cantaba, y a mi me dejaba embobado, me quedaba tonto viendola y oyendola cantar, esta canción, mejor que Ornella. Se la sabia de memoria, como otras tantas, pero es que esta le encantaba. Era una belleza, mi madre y la canción Cada vez que la oigo las lagrimas asoman.


©Javier Sánchez 2020

JUSTO CUANDO MAS TE NECESITABA

Cada vez que la escucho, aparecen las lágrimas en mis ojos y mientras escribo este texto la estoy escuchando y se me hace un nudo en la garganta, se agolpan recuerdos encantadores, si encantadores, de los tiempos cuando la sensibilidad resbalaba por toda mi piel.

Esta preciosidad de canción fue, posiblemente, la primera que me hizo llorar en la esquina de mi habitación. La recuerdo como si fuera ayer mismo.

¿No os pasó nunca que una cancion os llevaba camino abajo, hacia al llanto desconsolado de un amor incomprendido, de una ausencia que te oprimia el pecho?

Gracias Randy, estés donde estés, por esas melodías encantadoras y preciosas que nos serviste en bandeja de oro a aquella juventud, la juventud que vivíamos intensamente la sensibilidad de tu música. Y sobre todo por esta cancion que me hice mia y hace viajar a mi adolescencia y juventud, cuando me enamoraba cada dia y me volvia loco de tristeza o de nostalgia cuando ella no estaba.

RANDY VANWARMER 1955-2004

 

 

© javier sanchez 2020

Tu luz

Amigo mío, testigo de mi infancia, de mi juventud, de mi vida. Aprendímos a vivir uno al lado del otro. Los dos juntos aprendimos casi todo, a crecer, a amar, a reir, a llorar. A vivir, y a veces tan lejos, que parecía que no estábamos, pero siempre había aquel hilo invisible, que se creó a base de compartir albas, irrompible como un alma pura.

Tú y yo, recorrimos el mundo y nuestro mundo, entre los dos, en coches desvencijados, en trenes que daban miedo, dormíamos en graneros, frío intenso, calores sofocantes, casas amables. Con veinte años nos comiamos la tierra, empezando por lo verde. Sin perder nada, solo ganándole las carreras al tiempo, o eso creíamos, que inocencia, bendita.

Y nuestras montañas, todas las que ascendimos, hasta que la vida nos echó a un lado. Pero lo conseguimos compañero, casi todo, siempre se consigue casi todo, esa fue nuestro cuerda de seguridad en las alturas, nuestras escaladas, de días, pérdidos entre las nieblas de las madre naturaleza, nuestro famoso “casi todo”.

Riéndonos de nuestras desgracias, despues de haberlo pasado tan mal en una ascensión, aunque no siempre fuese asi. Y lo que decíamos ya en la tienda de campaña, “Oye que jodido ha sido y sin poder explicar a nadie porque subímos aqui a estas montañas, que hay días que nos quieren matar, ¿quien nos va a entender?”

Tus caras cuando cantábamos al piano, con las guitarras, componiendo aquellas canciones, tras horas de ensayo y estrujandonos la cabeza, hasta llegar, casi, a odiarnos, por qué el La era menor y no mayor. Esas canciones que dijimos y nos prometimos que nadie nunca las oiría y nunca ha sucedido ni sucederá. Son promesas, promesas son.

Nuestros hijos, nuestras compañeras, toda la luz que nos ha rodeado siempre, ya hace cincuenta años, y ahí te veo, con tu preciosa luz apagándose y tú sonrisa encendiéndose, y tú sabiéndolo, por eso lo escribo, porque lo sabes. siempre pensé que nos apagaríamos a la vez, o casi…

Estos días hemos reído, entre toses y quejas, pero es un orgullo y mi obligación iluminarte el semblante, cada vez que aparezco, mientras se nos apaga el mundo poco a poco. Y después de esas risas, me retiro a un rincón, a pintarme la cara de blanco y rojo.

Y me dijiste, Javi, escribe algo de estos días. Y te dije:

– Recuerda, que no pienso escribir un panegírico ahora y menos viéndote beber un vaso de vino, que aún nos tenemos que ver más veces.

Y me dices

– Aunque sea un par más… De vasos de vino quiero decir…

– Pues venga, otro más, de todas formas yo tampoco puedo beber. Tengo una cantera en la vesícula.

Y te ríes, siempre te ríes con mis chorradas. Siempre ha sido nuestra especialidad, formar un diálogo de besugos, a ver quien la dice más gorda.

Y estos días lo hemos conseguido y nos hemos reído de ella. Y… oye… si te das cuenta, compañero, desde jóvenes nos hemos reído de ella, desde que nos jugábamos la vida por subir una montaña, o durmiendo en sitios inverosímiles. Siempre nos reiremos de ella. Hasta que se cabree claro.

Media vida amigo mío, de esa luz, de amistad incondicional.

Y ¿Sabes que te digo?, que se apagará cuando yo lo diga. Porque no pienso escribir nada más, porque ahora vienen lo secretos y los secretos, secretos son. Y nos tenemos que reír a solas.

Me pediste que escribiera algo, y lo hice. Ya vuelvo a casa, en coche, y se publicará en el viaje de vuelta, a las 20:30, y aún me quedará un rato, pero me hace gracia que lo leas mientras yo vuelvo, ventajas de los medios

Pensando que en dias o semanas volveré a ver cómo estás y volveré a ayudar a cuidarte y a tomar nuestra copa de vino. Es la obligación de un amigo, no huir cuando las cosas no van bien.

Este texto lo escribí en tu casa, ayer domingo día 21, se siente todo más auténtico, mucho más, que si lo escribo en un recuerdo.

Y lo prometido es deuda.

(Y sin nombres como me dijiste que lo hiciera).

Hasta la vuelta compañero.

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© Javier Sánchez 2019
Semana Santa
Carcassonne, Francia
Argeles, Francia

Cosas del corazón, chiquet.

Y mi abuelo me dijo.

– “Eso son cosas del corazón chiquet.”

Sentado en el poyo de la ventana, mirando hacia el monte como cada día, mi abuelo contemplaba, suspendido en el aire, el tiempo de su larga vida. Los rayos del sol delataban el humo de su caliqueño, que por cierto se olía desde las habitaciones de la planta superior.

Allí, en aquel pequeño comedor lindante al pequeño habitáculo donde estaba la chimenea, la que calentaba las habitaciones. En aquella pequeña chimenea, había dos bancales, izquierda y derecha del hogar, los inviernos eran duros, muy duros en las tierras de Aragón. El calor de aquel fuego templaba la estancia del comedor, mi abuelo se ponía en el estratégico sitio donde el calor le daba directo. Justo a lado de la ventana.

– Ni hecho aposta hijo, entre el solete de la mañana y el calor eterno de la lumbre…

La ventana, de antigua madera, que habría dado vista a los abuelos de mis abuelos. Madera de barniz marrón antiguo y cristales pegados con la pasta antigua que olía como a pescado, aún después de décadas. Aquellos cristales que habían dejado pasar tantas bellas contraluces, ahora alumbraban el castigado semblante de mi abuelo.

Recién levantado, me senté a su lado, allí en la mesa, a unos dos metros, todavía estaba su desayunos, su vaso de leche, sus cinco galletas maría y nada más.

– “Hay que ser pobre en el desayuno hijo, un poco más tarde ya comeremos como las personas, pero hay que bajar a dar de comer a los animales, a los que nos dan de comer…, ellos primero”.

– Si abuelo, lo sé – le contesté.

Y hablábamos de todo, largamente y con la pausa del ensordecedor tic tac del reloj de la cómoda del comedor. Aquel hombre arrasado por una guerra, por el trabajo del campo, por los hijos, que se le fueron a servir lejos de casa. Me contaba historias de una dura vida, dirigida, infiernos fríos, guerras, en las cuales, su enemigo hablaba igual que él o, con suerte, fue al colegio con él.

Historias de otro siglo, otro siglo. Nacido en 1890, sus ojos vidriosos, cuando me hablaba de aquella áspera vida, me partían el alma.

– Cuéntame algo Javier, como te va en los estudios, acuerdaté, no dejes de estudiar nunca.

Yo tenía 18 o 19 años, y cada verano iba a ver a mis abuelos y a mi tío abuelo, a empaparme de vida y de historia viva. A llenarme de arrugas aquella piel tan lisa y pulida, para prepararme para la vida. Me encantaba cuando se juntaban los dos hermanos y tenían la deferencia de contarme su vida. Si, la deferencia y el regalo de contarme su vida.

– Bien abuelo, voy haciendo y trabajando, ya sabes que papá con todo no puede. Sabes abuelo, llevo días queriendote comentar, hay una chica en la universidad, preciosa, me encanta y no me deja dormir. Es algo que no puedo dominar. No me aclaro,lo hago todo mal. No puedo estar tranquilo. Sabes que te lo cuento todo, pero si no quieres, lo dejamos correr…

– Javier, eso son cosas del corazón, nada tienen que ver contigo.

– No te entiendo abuelo.

– Te voy a contar… Cuando ví a tu abuela, estaba trabajando en casa, y me sucedió que se me quedaba en la cabeza todo el día. E iba a los caballos a darles de comer lo hacia mal, daba paja mojada o le daba heno que no tocaba aquel año y mi padre me reñía y se disgustada muchísimo.

Y llego un día, que no aguantaba más y decidí ir a la habitación de mi abuelo, que el pobre estaba enfermo, yo hablaba mucho con el, como haces tú conmigo, que se agradece mucho, te lo aseguro a estas edades. Pues me senté en el borde de la cama y le conté lo que me pasaba con tu abuela.

– Y que te dijo abuelo?

“- Chiquet, eso son cosas del corazón, deja que pase, lo que pase.”

– ¿Me has entendido Javier?

– Si, me has dicho lo mismo que te dijo tu abuelo.

– No, Chiquet, no, te he dicho que, “cuando vi a tu abuela.”

Me quedé parado, sorprendido y al momento reímos los dos como dos tontos. Me levante y le di un beso en la frente, como hacia siempre con mi padre y me fui a prepararme el desayuno, que ya estaba la abuela, terminando de ponérmelo al lado de la lumbre.

Lo abuela sonrió y me dijo,- las cosas del corazón Javi… y me dio un beso.

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©Javier Sanchez 2018