El delantal

Siempre recuerdo a mi abuela, vestida de colores oscuros, falda negra, medias negras y zapatillas negras, y aquella pieza de ropa de cuadros de color gris oscuro y fondo negro. Siempre lo llevaba puesto, a mi memoria siempre viene una imagen de verla saliendo de la cocina, secándose las manos y llamando a la prole para que pasarán a recoger la merienda…
– Y todo el mundo a la calle!!! Venga!!

El delantal, que así se le llamaba a la pieza de ropa, era la imagen de mi abuela. Es pieza tenia múltiples funciones, supongo que habría más de las que expongo pero son las que recuerdo.

La primera función era la de proteger la ropa que mi abuela llebaba bajo el, pero además … Función básica y primaria. Pero había más.

Se usó como un guante para quitar la sartén del horno. Cuando el olor de sus pasteles había inundado toda la casa.

Secaban mis lágrimas, despues de confortarme con un abrazo.

Limpiaban la cara sucia de tierra y barro, «Venga, venga, antes de que tu madre te vea»

Sirvió para transportar los huevos cuando íbamos los dos, en secreto, al gallinero.

Cuando venía el tío Juan y mis primas mayores sirvió para protegerme de ellos, allí, detrás de aquel delantal, nadie me iba a encontrar.

Cuando hacía frío la abuela se cubría las manos con él y cuando estaban calentitas cogía las mías y las escondia entre las suyas y aquella tela.

Aquel delantal avivaba  el fuego de leña del hogar de casa del pueblo.

En él se transportaban las patatas y verduras, la madera seca y hasta un poco de carbón a la cocina de leña.

Sirvió para cuando los largos paseos volver con el lleno de moras e higos.

La abuela también lo usó para poner la tarta de manzana justo fuera del horno en el marco de la ventana para que se enfriara.

En sus dos bolsillos y el bolsillo secreto, siempre había regalos. Curioso todo lo que llegaba a almacenar allí mi abuela.

La verdad es que pasarán muchos años antes de que algún invento u objeto pueda reemplazar esta vieja pieza de tela, llamada delantal.

En memoria de nuestras abuelas, que en una pieza de tela nos hicieron un mundo especial.

De Frases y reflexiones
Javier Sánchez septiembre de 2022

Y llegas a la conclusión

A medida que pasan los años y me voy haciendo mayor (que no viejo) y recuerdo a todas esas personas que he ido perdiendo en el camino, por precipicios insondables, en esas tormentas terroríficas de la vida, por esos pequeños errores que jamás pensé que sucederian, noches en vela y llantos. Perder en el camino a tanta gente ha minado mi personalidad. Días y semanas y años de psicólogos porque a veces se me hacía insoportable todas esas perdidas.

Y, con el tiempo, llegué a la espantosa conclusión de que de veras que, después de todos estos años, pienso que posiblemente no fue buena idea ejercer de guía de montaña. Ademas siempre he tenido vértigo.

© Javier Sánchez julio de 2022

Escritor, músico, abogado, albañil, peluquero y guía de montaña profesional.

A Sian. Le m’ uile ghràdh..

El pueblo de mi padre

HOZ DE BARBASTRO

Vacaciones, verano, las vacaciones en el pueblo de mi padre, en aquella casa, la cada de mis abuelos eran lago único. Una pequeña cada de pueblo de cuatro plantas, antiquísima, en el pueblo de Huesca llamado Hoz de Barbastro, Un rudo pueblo aragonés, situado en un pequeño valle, ciertamente era muy bonito, caluroso en verano y gélido en invierno. La verdad es que Aragón es así.

Me encantaba auqella casa, una entrada angosta, situada al lado de la cada de mi tío abuelo, Julián, hermano de mi abuelo Ramón. Se accedía por un estrecho camino de cemento rayado hasta la puerta, una puerta de tablones de madera desgastada por los bordes, no hacía falta arreglarla, la verdad es que siempre estaba abierta. A la izquierda un pequeño corral que mi padre habilitó como baño y ducha. Aquel baño era terriblemente frío en verano y gélido en imvierno. Al lado del corral/baño había lo que llamábamos la bodega, una estancia pequeña de unos seis metros cuadrados repleta de estantes donde mi abuela y mi madre guardaban las conservas. Allí mismo, en el suelo había una trampilla que accedía a lo que era realmente la bodega, oscura en invisible, nunca ninguno de nosotros bajo allí, primero porque con el tiempo empezó a ser peligroso y segundo que, la verdad es que nos daba miedo. Saliendo de allí, se subía por unas escaleras empinadas y desiguales que daban a la cocina, pequeña, muy pequeña, al lado de una pequeña chimenea con la pared desconchada por los años de calor y  dos bancales, uno a cada lado, para pasar el frío invierno. De allí accedias a aquel pequeño comedor donde el abuelo vivía casi todo el día. Ese comedor deba a una terraza, de ahí el mote de mi familia, «los de terraza», un terraza espléndida desde la que se veía todo el pueblo. Las tres habitaciones estaban en la planta superior, la tercera, pequeñas pero acogedoras, con aquellas mantas de mi abuela, que te arropabas por la noche y ya no te podías mover, como pesaban por dios.
Una planta más arriba, en la cuarta, estaban lo conocido como las golfas, que es donde antaño se guardaba el grano, patatas, etc. Allí estaba prohibido subir.

En aquella casa la luz por las mañanas entraba por aquellas ventanas y ventanucos, que posiblemente tenían más de 200 años de historia, como un bello rayo de luz blanca. Los desayunos con mi abuelo, galletas y vaso de vino (su vino, pisado por el) y con 80 años, después de desayunar nos íbamos al huerto, huerto que estaba como a 45 minutos andando. El huerto (como el decía), con melocotoneros, viñas, almendros y membrillos era enorme, mala época para mi abuelo, ya que su vida empezaba a decaer, nosotros le ayudábamos a vendimiar cuando podíamos, trabajo duro donde los haya. Pocos saben lo duro que es.

Pasado el tiempo aquella tierra empezó a estropearse por falta de cuidados, yo iba con mi abuelo y le veía llorar, de espaldas a mí, y decirme ya no puedo con esto. Entristecía al ver sus tierras dejadas de la mano de aquel dios, en el cual el no creía.
Pero, mi abuelo, cunado sus nietos viajaban desde Barcelona para estar con ellos en verano, olvidaba sus penurias, sobre todo cuando mi hermano Ramón y yo nos presentábamos con las guitarras, se le iluminaba la cara a aquel hombre. Porque él sabía que en el pueblo sabrían que sus nietos habían llegado, máxime por que en aquel pueblo se oía todo, era increíble como sonábamos en la terraza de la casa. Todos sabían que los nietos de «los de terraza» habían llegado.

Un día de tantos, a una de las guitarras, no recuerdo si la de mi hermano o la mía, se le rompió una cuerda y le dijimos a mi abuelo:
– abuelo vamos a Barbastro a comprar una cuerda.
Mi abuelo, que sabia que nosotros practicábamos la escaláda y pensó que íbamos a comprar una cuerda para escalar o alguna cosa rara de aquellas que llevábamos, según él, para subir paredes. Por lo normal en la estancia de vacaciones salíamos a escalar y el lo sabía. Dijo:
– De acuerdo zagales, ya volveréis por la tarde ¿No?
– Si abuelo, a la tarde estaremos de vuelta.
Eran 18 km de ida y su vuelta. Nos fuimos por la mañana y volvimos por la tarde, bien entrada la tarde.
Mi abuelo al vernos no pregunto
– Nenes y la cuerda, ¿Ya la habéis comprado? ¿Os vais a escalar mañana o algo así?
– Claro yayo, la hemos comprado.
Y mi hermano, metiéndose la mano en el bolsillo, saco una bolsita con una cuerda de guitarra.
– Mi abuelo con los ojos como platos y el cigarro liado, pendiendo de la comisura de los labios dijo:
– Vosotros dos estáis locos, ¿Habéis hecho 36 kilómetros para comprar una cuerda de guitarra?
– Pues claro yayo. Es que si no…

El hombre alzó la mano como indicando, déjalo no me lo expliques, callo y no dijo nada, pero nos miro con una cara y sonriendo con aquellos viejos ojos, como diciendo, dignos nietos me han salido, están locos estos zagales.

Preciosa época la del pueblo de mi padre. Preciosa época con mis abuelos. Preciosa época cuando con poco eras tan feliz que no habia distancias. Y tener a tu abuelo sonriendo delante tuyo era algo que, aún hoy, no sé explicar. Tiempos de vida.

© Javier Sánchez abril de 2022

Continuará…