El pueblo de mi padre

HOZ DE BARBASTRO

Vacaciones, verano, las vacaciones en el pueblo de mi padre, en aquella casa, la cada de mis abuelos eran lago único. Una pequeña cada de pueblo de cuatro plantas, antiquísima, en el pueblo de Huesca llamado Hoz de Barbastro, Un rudo pueblo aragonés, situado en un pequeño valle, ciertamente era muy bonito, caluroso en verano y gélido en invierno. La verdad es que Aragón es así.

Me encantaba auqella casa, una entrada angosta, situada al lado de la cada de mi tío abuelo, Julián, hermano de mi abuelo Ramón. Se accedía por un estrecho camino de cemento rayado hasta la puerta, una puerta de tablones de madera desgastada por los bordes, no hacía falta arreglarla, la verdad es que siempre estaba abierta. A la izquierda un pequeño corral que mi padre habilitó como baño y ducha. Aquel baño era terriblemente frío en verano y gélido en imvierno. Al lado del corral/baño había lo que llamábamos la bodega, una estancia pequeña de unos seis metros cuadrados repleta de estantes donde mi abuela y mi madre guardaban las conservas. Allí mismo, en el suelo había una trampilla que accedía a lo que era realmente la bodega, oscura en invisible, nunca ninguno de nosotros bajo allí, primero porque con el tiempo empezó a ser peligroso y segundo que, la verdad es que nos daba miedo. Saliendo de allí, se subía por unas escaleras empinadas y desiguales que daban a la cocina, pequeña, muy pequeña, al lado de una pequeña chimenea con la pared desconchada por los años de calor y  dos bancales, uno a cada lado, para pasar el frío invierno. De allí accedias a aquel pequeño comedor donde el abuelo vivía casi todo el día. Ese comedor deba a una terraza, de ahí el mote de mi familia, «los de terraza», un terraza espléndida desde la que se veía todo el pueblo. Las tres habitaciones estaban en la planta superior, la tercera, pequeñas pero acogedoras, con aquellas mantas de mi abuela, que te arropabas por la noche y ya no te podías mover, como pesaban por dios.
Una planta más arriba, en la cuarta, estaban lo conocido como las golfas, que es donde antaño se guardaba el grano, patatas, etc. Allí estaba prohibido subir.

En aquella casa la luz por las mañanas entraba por aquellas ventanas y ventanucos, que posiblemente tenían más de 200 años de historia, como un bello rayo de luz blanca. Los desayunos con mi abuelo, galletas y vaso de vino (su vino, pisado por el) y con 80 años, después de desayunar nos íbamos al huerto, huerto que estaba como a 45 minutos andando. El huerto (como el decía), con melocotoneros, viñas, almendros y membrillos era enorme, mala época para mi abuelo, ya que su vida empezaba a decaer, nosotros le ayudábamos a vendimiar cuando podíamos, trabajo duro donde los haya. Pocos saben lo duro que es.

Pasado el tiempo aquella tierra empezó a estropearse por falta de cuidados, yo iba con mi abuelo y le veía llorar, de espaldas a mí, y decirme ya no puedo con esto. Entristecía al ver sus tierras dejadas de la mano de aquel dios, en el cual el no creía.
Pero, mi abuelo, cunado sus nietos viajaban desde Barcelona para estar con ellos en verano, olvidaba sus penurias, sobre todo cuando mi hermano Ramón y yo nos presentábamos con las guitarras, se le iluminaba la cara a aquel hombre. Porque él sabía que en el pueblo sabrían que sus nietos habían llegado, máxime por que en aquel pueblo se oía todo, era increíble como sonábamos en la terraza de la casa. Todos sabían que los nietos de «los de terraza» habían llegado.

Un día de tantos, a una de las guitarras, no recuerdo si la de mi hermano o la mía, se le rompió una cuerda y le dijimos a mi abuelo:
– abuelo vamos a Barbastro a comprar una cuerda.
Mi abuelo, que sabia que nosotros practicábamos la escaláda y pensó que íbamos a comprar una cuerda para escalar o alguna cosa rara de aquellas que llevábamos, según él, para subir paredes. Por lo normal en la estancia de vacaciones salíamos a escalar y el lo sabía. Dijo:
– De acuerdo zagales, ya volveréis por la tarde ¿No?
– Si abuelo, a la tarde estaremos de vuelta.
Eran 18 km de ida y su vuelta. Nos fuimos por la mañana y volvimos por la tarde, bien entrada la tarde.
Mi abuelo al vernos no pregunto
– Nenes y la cuerda, ¿Ya la habéis comprado? ¿Os vais a escalar mañana o algo así?
– Claro yayo, la hemos comprado.
Y mi hermano, metiéndose la mano en el bolsillo, saco una bolsita con una cuerda de guitarra.
– Mi abuelo con los ojos como platos y el cigarro liado, pendiendo de la comisura de los labios dijo:
– Vosotros dos estáis locos, ¿Habéis hecho 36 kilómetros para comprar una cuerda de guitarra?
– Pues claro yayo. Es que si no…

El hombre alzó la mano como indicando, déjalo no me lo expliques, callo y no dijo nada, pero nos miro con una cara y sonriendo con aquellos viejos ojos, como diciendo, dignos nietos me han salido, están locos estos zagales.

Preciosa época la del pueblo de mi padre. Preciosa época con mis abuelos. Preciosa época cuando con poco eras tan feliz que no habia distancias. Y tener a tu abuelo sonriendo delante tuyo era algo que, aún hoy, no sé explicar. Tiempos de vida.

© Javier Sánchez abril de 2022

Continuará…

Viajes

Pueblos y ciudades que he visitado a lo largo de mis 60 añazos.

No por orden temporal, si no tal y como me viene del recuerdo, me ha apetecido escribirlo mejor así. Está contado desde el año 1979


EEUU
Ankorage
Mckinley (valle Denali)

ALEMANIA
Berlín
Munich
Frankfurt
Nuremberg

ITALIA
Roma
Como
Lecca
Lugano
Milan
Ivrea
Turin
Aosta
Venecia
Cesena
Leso

GRAN BRETAÑA
Londres
Twickenham
Manchester
Liverpool

ESPAÑA
Hoz de Barbastro
Zaragoza
Huesca
Teruel
Bilbao
Toledo
Madrid
Sevilla
Huelva
Córdoba
Ciudad Real
FuenCaliente
Cardeña
Lillo
Corral de Almaguer
Tembleque
Tomelloso
La Guardia
Ocaña
Aranjuez
El Toboso
Villaseuquilla
El Escorial
Almagro
Almeria
Jaén
Puerto de Satamaria
Melilla
La Seu d’Urgell
Valencia
Valencia d’aneu
Donosti
Castro Urdiales
Santillana del mar
Potes
Fuente De
Santander
Barbastro
Monzón
Bielsa
Coscojuela de Sobrarbe
Salas altas
Naval
Graus
Javierre
Eriste
Benasque
Torla
Alquezar
Jaca
Cabdanchu
Tordera
Sabadell
Aiguafreda
Figaro
Ribes de Freser
Queralbs
La Molina
Puigcerda
Pardines
Camprodon
Rocabruna
Alp
Camp
Molló
Granollers
Pineda de mar
Ampuria Brava
Vielha
Vilamos
Baqueira
Bohi
Tamariu
Llafranc
Calafell
Calella
Calella de Palafrugell
Castelldefels
Borreda
Sant Jaume de Fontanya

MARRUECOS
Tarudant
Merzouga
Marrakesh
Essaouira
Uarzazate
Agadir
Zagor
Fez

ANDORRA
Andorra la Vella
La Massana
El Tarter
Ordino
Pal
Les Bons
Llorts
Meritxell
Encamp
Pas de la Casa
Meritxell

FRANCIA
Chamonix
Aux-Sant-Provence
Avignon
Lion
Marsella
Caen
Carcassone
Trebès
Castres
Toulousse
Lourdes
Pau
Paris
Anmecy
Grenoble
Bayone
Burdeos
Arromanches-des-banes
Nantes
Perpignan
Narbonna
Blois
Lourdes
Saint Ciprian

SUIZA
Lausana
Zurich
Zermatt
Visp
Ginebra
Visp
Sion
Martigny
Grimdelwal

IRLANDA
Dublin
Waterford
Kilkenny
Corck
Limerick
Shannon
Belfast
Derry
Galway
Ballina
Moher
Kilarney

ESCOCIA
Edimburgo
Skye Island (Portree)
Stirling
Lerwick
Lochinver
Dornoch

POLONIA
Varsovia
Zakopane
Cracovia

ESLOVENIA
Liubliana
Bled
Ptuj
Kanal
Skofja Loka
Kobarid

Puede, que para muchos, sea poco en cuarenta y tres años, pero me he dado cuenta, después de cuatro decadas, que hay mucho que aprender, mucho que observar, sentir, oler, catar, hablar, conocer. De cada sitio y de cada gente.

Lo mejor que te puede suceder en esta vida es que te falte tiempo para hacerlo todo. Eso indica que no te has sentado a ver pasar los trenes, sino que te has subido a ellos.


Creo que, en definitiva, me haria falta otra vida para hacer todo lo que quiero hacer. ¿Alguien tiene el formulario para pedirla?

No te duermas..

© Javier Sánchez abril de 2022

El valle y la roca

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Valle de Pineta, Huesca, Aragón

Alumbraba el día.

El sol intentaba entrar por aquella pequeña ventana de vieja madera, de cristales, apenas traslucidos, tan antiguos como las vigas de madera del protector techo, su cálido aliento me acaricio la cara con aquella suavidad que te hacia recogerte mas en la cama y hundirte en el colchón de lana, que te arropaba en las frías noches veraniegas del pirineo aragonés.

Me levanté emocionado, siempre me sucedía, claro que con veinte años si no te levantas emocionado, algo no va bien. Pero aquella mañana, era como una espuela en mi joven cerebro y no sabia porque, la verdad. Me vestí y bajé al comedor, allí estaba mi abuelo, caliqueño en la boca, café ardiendo y galletas María, me acerqué a él y le di un beso en la frente, igual que hacia con mi padre,

– buenos días yayo.

– buenos días hijo, dónde vas con esa prisa.

Grité en dirección a la cocina

– buenos días yaya.!!

Del fondo de escucho..

– Buenos días zagal..!!! Anda, ven aquí y desayuna.

Fui rápido a verla y le plante otro beso en la feentw, y ella, como siempre, me devolvió cientos.

Bebí un vaso de leche, le di otro beso a mi abuela y otro al Yayo y él me dijo…

– Anda corre, que te va a faltar tiempo. ¿Vas a ir allí?

– Si abuelo, allí voy.

– Vuelve a comer

– Hasta luego.

Y salí al mundo. Me encantaba salir de golpe a la puerta de la casa de mis abuelos.

Esa puerta, una bellísima puerta de incontables años, esa puerta que ha visto repúblicas, monarquías, repúblicas, disparos, hijos, nietos, padres, ataúdes, amigos, años… Aquella puerta de la casa del pueblo, en las afueras de Bielsa, la puerta de mi padre, de mi abuelo y bisabuelo, me encantaba y me imponía a la vez. De cierto es que, desde siempre, las puertas antiguas, siempre me imponen, porque me detengo a pensar, que esas puertas, que algunas, retienen siglos en ellas, han visto pasar por su alma, historias, vidas y muertes. Las puertas de las casas antiguas regalan esas historias en su umbral. Las admiro. Las venero. Probadlo, poneros en el quicio de una puerta antigua y sentiréis el alma de la casa, sus habitantes y su tiempo, sobre todo su tiempo.

Los que son mis amigos, saben que, aún hoy, cuarenta años después, Javier, se queda embobado viendo cualquier puerta antigua, tocándola, intentando descubrir o sentir que pasó, quien vivió y quien pasó por allí, años atrás.

La casa de los yayos daba a un camino de tierra que se perdía a izquierda y a derecha. Salí hacia la izquierda, a la derecha estaba la iglesia y cuatro casas más, pero hacia la izquierda se iba a los bosques altos, a la montaña más pura, laderas inclinadas, rocas y nieve. Me encantaba salir a perderme. De allí nació mi afición a la alta montaña, a la escalada y el amor a la naturaleza.

Aquella mañana subí hasta media montaña, no hay que ser ambicioso en la montaña. Máxima montañera, «las montañas no se mueven de ahí», al igual que «sube como un viejo y llegaras como un joven, sube como un joven y llegaras cómo un viejo»

Subía, despacio, disfrutando del viento que soplaba del este, viene húmedo, huele a muy húmedo, mejor eso es lluvia y arriba nieve, escuchando a tus mayores, aprendes. Me acerque a la roca, a mí roca, que supongo que caería allí, miles de años atrás, subí y me senté en ella.

Se veía el valle, el Valle de Pineta, un valle glacial, precioso, salvajemente precioso, abrupto, terminado en lo que se llama un circo, el cierre del valle, culminado por El balcón de Pineta y más arriba el Monte Perdido. Cimas nevadas y abetos negros. Salvajemente precioso. Mi abuelo y mi padre nacieron unos cientos de metros mas abajo, y mi abuelo y tío abuelo estuvieron por esas montañas, luchando contra los golpistas de Franco en el 36, en la guerra. Pero eso es otra historia que ya os contare otro día.

Allí sentado en aquella roca, en la ladera, sentía como la historia de mi familia, de mis antepasados y como la vida me atravesaba como mil agujas mi cuerpo, empequeñecido por aquella maravilla. Era y es conmovedor. Todavía voy a mí roca.

Vida dura la de la gente de la montaña, la gente de pueblo, que vivía entre el frío y el trabajo, trabajo durísimo, y si hubo que coger las armas, también lo hicieron. La vida era completa, sin cortes, ni descansos.

Nunca olvido subir allí, donde de pequeño me subió mi padre a observar el mundo,su mundo, en aquella roca y él subió, de pequeño, con mi abuelo. Nunca lo olvido, como sea y cuando sea. Pienso que no debo de hacerlo. Allí subí a mi hijo hace unos veinte años y me hizo feliz, tanto como él que escuchaba la historia de su abuelo, bisabuelo y tatarabuelo.

Horas después, cuando ya me había limpiado de lo gris de la ciudad, bajé hacia casa, mi abuelo comía a las dos de la tarde, sin excepción. Y allí debía de estar su nieto y sin excusas.

Aquel valle, aquella roca, es el punto de partida de mis ancestros. Debemos de, por lo menos, visitar nuestras raíces, hay que ir al lugar donde vivieron ellos, pasear por aquellos sitios donde ellos pasearon. Y sentir de donde vienes. Lo sientes en el alma. Recuperar donde estas realmente plantado.

Olvidamos de donde venimos, siempre…. y, oye, así nos va.

©Javier Sánchez diciembre de 2021