Una canción

Una canción. Esta canción en especial. ¿No os ha pasado que una canción es capaz de marcar una época de tu vida.?
Esta marcó la mia y cada vez que la escucho me produce un sentimiento precioso.

De un amor perdido en el tiempo, que volvió y de nuevo partió. Esta era, es y será, nuestra canción.

Va por ti. Mi princesa.

© Javier Sánchez 2020

El maestro

Hoz de Barbastro, Huesca, Aragon

En el pueblo ya ha amanecido hace rato. La luz ya entra deslizándose entre las pequeñas cortinas de la ventana, madera roída por el tiempo, color ocre, vidrios traslucidos imperfectos. La habitación de suelo de madera, cruje al contacto del calor del sol.

Don Serapio está en la cama, arropado hasta la cabeza, bajo tres mantas gruesas. En un rincón de aquella pequeña habitación esta la cama y una mesita, la palangana encima de una pequeña mesita coronada por un espejo ovalado. El frio de invierno, en las tierras de Aragón, tierra amable y dura.

Don Serapio, vive en una pequeña casa, al lado del pueblo, dos habitaciones y frío, mucho frío, del cual le protege su vocación de maestro. Quería ser médico, pero con cinco hermanos, no pudo ser. Estudio, el seminario, ayudando a curas, ayudando a señoritos a subir al cielo y dando perdones a sus fechorías en confesión. A sus 32 años, pudo conseguir plaza en el pueblo, haciéndose pasar por falangista, franquista, anticomunista y pasando por todas la maldiciones bíblicas que se le pusieran de por medio.

Suenan las campanas de la iglesia, situada en la otra ladera del pequeño valle bajo que confina el pueblo, cruzado por la carretera de tierra.  Don Serapio, el maestro, sigue durmiendo, el frio anestesia. Abre un ojo y, acto seguido, los dos como platos,

-Ostras! – Salta de la cama, de un nervio, de entre las cuatro mantas, que le cubren para paliar el frío que le mantuvo insomne hasta bien tarde.

Son la 8.15 de la mañana, no ha oído las campanas de la Iglesia, ni el despertador de cascabeles enormes que compro en el mercado del coso de Barbastro, o eso cree, que no las ha oído. Anoche se quedó hasta tarde corrigiendo el examen de Historia que ha impuesto el nuevo gobierno. El nuevo gobierno impuesto.

– Joder, que clase de historia es esta, ¡si sale Franco y toda esta gente por todos los lados!, Maldita sea… Perdón, perdón, perdón… Dios mío, perdona esta boca, pero es queeeee…… – Dijo Don Serapio moviendo la cabeza.

Es 20 de noviembre de 1950, terminó la guerra hace once años, en el pueblo de unos 150 habitantes, había unos 20 niños, la guerra hizo estragos. Se sufrió como en tantos pueblos, los golpistas se ensañaron con crueldad, asesinos por la gloria de España, salvadores de una patria que no quería ser salvada por nadie. Banderas y más banderas, solo banderas utilizadas contra el pueblo soberano, banderas que dejaron fosas sin descubrir, de muertos llorando, perdidos entre brumas y setos.

Una década después del final del golpe de estado, que produjo aquella terrible guerra, el hambre campaba por doquier, la pobreza, la represión física, y la eliminación cultural. El adoctrinamiento de los niños. Sobre todo esto último, era la guía del régimen.

Todos vivían en el extremo de la vida, a excepción de los afines al régimen claro. Del clero y los antiguos terratenientes que esclavizan y, hoy por hoy, siguen esclavizando al pueblo.

En este frío de posguerra, Serapio, Don Serapio todavía estaba en su habitación mal diciendo a todos aquellos del yugo y las flechas, de camisas azules. Pero, ante todo y lo tenía muy claro, él era maestro, su vocación pasaba por encima de todo aquello.

El maestro todavía se tiene que asear, maldito frío, en la habitación de abajo, antiguo establo y bodega. El agua de la palangana tiene una fina capa de hielo. Don Serapio se lava la cara y se moja el pelo. No hay tiempo para más. El colegio está calle abajo. Al otro lado de la carretera. Pegado al ayuntamiento, “Las nuevas escuelas”, le llaman en el pueblo.

Sale al frío, que le corta la cara todavía húmeda y le corta la respiración, cuesta abajo corriendo con la carpeta de exámenes bajo el brazo, pasa por el colegio viejo, todavía quedan los restos de cuando paso el ejército golpista , según parece el maestro anterior Don Nicolas era republicano y lo fusilaron tras la iglesia. Se hablaba mucho de sí fue verdad, simplemente se cree que lo fusilaron. Los charlatanes dijeron que se salvó. Pero, lo de siempre, habladurías de banqueta de la plaza del pueblo.

Don Serapio debe de llegar antes que el cura, Don Jacinto, cura de cincuenta y dos años, inflexible demonio, medio cura, medio falangista y viceversa, medio nazi, medio inquisidor, media persona, azotador de niños, anti enseñanza, anti cultura y cruel, muy cruel, con la boca y con las manos. Nada de ciencia, nada de geografía, solo la estipulada, pero sobre todo Formación del Espíritu Nacional. Una de las tres heridas sangrantes, Religión, Gimnasia y FEN (Formacion del Espiritu Nacional). Sobre todo rezar mucho, que lo cura todo, hasta el comunismo. Decía Don Jacinto. Aquel diablo vestido de negro, era la maldad con sotana. Amargado inquisidor y maldito torturador de niños.

A las 9 de la mañana, antes de poner la pequeña chimenea, nunca antes, para toda la clase, se cantaba el “cara al sol” y se rezaba el padre nuestro, después un mendrugo de pan y leche mezclada con agua. Algunos niños era lo primero que comían esa mañana. Todo ello era algo que a Don Serapio, le espesaba la sangre. Y así, sin mediar una sonrisa, empezaba el adoctrinamiento de las criaturas, todo en presencia de aquel ser “expulsado del infierno por mala persona.” – Eso se decía Don Serapio cada vez que se lo cruzaba.

La foto de Franco encima de la pizarra negra, preludio del futuro, y encima de la de Franco, un crucifijo. Al otro lado de la clase la de José Antonio Primo de Rivera, y a su lado una escultura de madera representando el yugo y las flechas. Un “Una, grande y libre”, debajo de la escultura.

Don Serapio, abrió el carpesano y saco la lista de los alumnos. Cuando iba a leer, le interrumpió Don Jacinto.

Don Jacinto que estaba sentado en una mesa un poco más atrás que Don Serapio, mesa mas grande, se color granate oscuro, un crucifijo en una esquina de la mesa y las fotos de Franco y José Antonio en la otra. No estaba escuchando realmente, no hizo ni caso a los educados buenos días de Don Serapio, que lo decía en voz alta, mirando a los niños,  y con una triste sonrisa en la boca. Ni la contestación alegre, pero contenida, de la clase. Los niños adoraban a Don Serapio

– ¡Buenos días Don Serapio.!

Observo como Don Serapio encendía la pequeña chimenea de clase. Y cuando se dispuso a pasar lista, despertó de la catatonia.

– Un momento Don Serapio, yo pasaré lista hoy. Yo lo haré, que tengo que comentar algo con alguno de estos miserias.

Don Serapio le tembló el estomago, sabía lo que significaba lo de hablar con los niños. Realmente odiaba a aquel ser vestido de negro.

-Si Don Jacinto, aquí tiene la lista de… los niños.

Don Jacinto, se levanto parsimoniosamente, cogió la regla de madera. E inicio el camino de cuatro pasos que había hasta la mesa de Don Serapio, de aquella odiosa manera altanera, militar, imitando a su amado Mussolini, midiendo cada paso, para que se sintiera su peso en la tarima de madera y se sentó en la silla de la mesa de Don Serapio.

Los niños, solo niños, las niñas en aquel pueblo no iban al colegio, por decisión del cura y del alcalde, con el beneplácito del resto de autoridades. Tenían que estar en casa, el cura no admitió de ninguna se las maneras que las niñas fueran al colegio.

– Dios y el Generalísimo son los que dictan el destino de las hembras de este pueblo. Y no hay más que hablar

Decía levantando la mano con el dedo índice, señalando el cielo…

– Ángel Becerra.!!!
El niño se levantaba y gritaba.
– Presente.!!!
– Antonio Heredia
– Presente.!!!!
– Heredia, dígale a sus padres, que ayer domingo no les vi en misa, que pasen mañana a verme a las 9 de la mañana.
– Pero Don Jacinto, mi padre trabaja, no podrá venir….
– Como que no! El zángano de tu padre, deja la carpintería y viene aquí a la hora que te digo o le mando a la guardia civil!
Antonio, bajo la cabeza y asintió.
– Si don Jacinto.

Antonio, de diez años, que parecían ocho. El hambre y el frío iban minando la salud de los críos. Hijo de republicano, salvado de las garras de Don Jacinto por su primo que era cabo de la guardia Civil.

Lo tuvieron retenido en el cuartelillo de la calle del Convento, una semana de hambre y palizas, porque había cinco escapados al monte, a cazar, a cazar para comer, y uno de ellos era su vecino. Y, precisamente, no había vuelto. Del resto impero la ley del silencio.

A cazar en las tierras de Don Federico Lloret de Lafuente, terrateniente, y propietario, por la gracia de Dios y de las tropelías que había hecho durante y después de la guerra, de casi todo lo que se veía. Por ese simple hecho allí estaba. Porque faltaba uno y no había vuelto, y los que volvieron no sabían quién eran ni que habían cazado, ni que hicieron en las tierras del agraciado. Todas suposiciones. Y eso les hacía hervir la sangre a los jerarcas.

Su primo, el sargento de la guardia civil, destinado aquel pueblo y que anduvo fuera de el esa misma semana, lo libero al llegar al pueblo, encarándose a Don Jacinto, que, se empeñaba en mantenerlo retenido, para saber más, decía el enfermizo cura. El sargento firmo su libertad bajo su responsabilidad. De eso hacía ya casi siete años. Y al demonio de negro no se le había olvidado.

– Yo soy la autoridad.! – decía el maldito cura, con la cara roja de odio.

– La autoridad, en este pueblo, de momento, soy yo, yo… soy… el sargento de la guardia civil. Y usted es el cura de este pueblo nada más, tampoco nada menos. Y yo he decidido y yo decido que lo pongo en libertad, si usted quiere presente una denuncia y la tramitaré, pero él queda en libertad.

Nunca se puso denuncia alguna, pero el cura se la tenía jurada. Aquella mala persona no perdonaba tal ignominia. La mala gente es así.

El demonio negro de cincuenta y dos años, de un metro sesenta, delgado, y de mejillas coloradas, gracias a su alcoholismo, con el pelo cortado al estilo militar nazi, sotana negra impoluta, gafas de cristales redondos y guantes negros. Y una voz chirriante que exacerbaba a cualquiera.

Un crucifijo de madera colgaba del cuello, y una vara de madera nudosa pendía de su mano derecha, siempre. La cara de aquel hombre desprendía odio por todos los poros. Se decía que fue militar y estuvo con los nazis, pero solo se chismorreaba. Pero es que aquellos tiempos le vinieron al pelo a aquella mente tan diabólica.

Antonio, el crío, solo pensaba en que le pasaría a papá mañana. Don Jacinto, le veía y esbozaba una pequeña sonrisa.

Don Serapio intervino…

– Están todos Don Jacinto, los he contado, si no ha de hablar con nadie más, mejor empezamos la clase. – Don Jacinto dio un puñetazo en la mesa, los niños dieron un salto en sus sillas, las criaturas le tenían pánico.

– Muy bien! Proceda, yo salgo a un recado. He de ir a ver a Don Federico, Dios le guarde, a que traigan, el pan para estos.

– Si Don Jacinto – vete a la mierda pedazo de cabrón, perdóname Señor,  pensó Don Serapio.

Don Jacinto, miro a Antonio y salió de clase de un portazo. La calma llego a la clase como un bálsamo a un enfermo y Don Serapio esbozo una amplia sonrisa a los críos, los cuales sonrieron, sabiendo que ahora estarían tranquilos.

– Vamos muchachos abrid el libro de matemáticas.

– ¡¡Si Don Serapio!!

– Pero por la página uno.

Los niños, quedaron sorprendidos…

– Padre, aquí no pone nada. – Dijeron todos entre murmullos –

– Por eso, – rió Don Serapio – así hablamos un rato. ¿No os parece?- Hace un bonito día y los borricos están por la calle, haciendo recados y revolcándose en la tierra.

Todos rieron y algunos hasta lloraron.

 

Que tiempos tan duros y amargos. Nadie debe de olvidar quienes fueron las malas personas y quienes fueron las buenas gentes. Quienes fueron aquellos que sufrieron aquella maldad y nos dieron todo lo que tenemos. Aquello sí que fue una dura vida.

 

 

©Javier Sánchez 2020

Mujer de ojos verdes.

Esta canción, preciosa canción, está dedicada a ti, mujer luchadora, a ti que sabes llorar, secarte las lágrimas y sonreír, desde el sufrimiento, desde ese dolor lacerante, sabes tirar de la vida, hacia adelante, arrastrándo una montaña.

A ti que sabes preocuparte por la gente que quieres, a ti que has aprendido a sufrir el desamor, ese amor que buscas, el que se que encontrarás, lo sé, y sabrás cómo hacerlo, tu juventud te acompaña y se alía con contigo.

Tú, que sabes ser una belleza, con ese perfume a inteligencia que obnubila y hace temblar a cualquiera que se acerque.

A ti que me asombraste, cada día, desde el primer día que la conocí.

Y yo, pobre mortal, sólo puedo darte mi amistad y mi apoyo, día a día y siempre, solo eso y nada más. Hasta el día que yo falte, porque faltaré, de la forma que sea, y entonces te quedarán mis escritos y mi música. Y esa sonrisa cada mañana.

Esta canción es para tí, porque te admiro, porque la vida, a pesar de todo, es bella. Mujer de ojos verdes.

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© Javier Sanchez 2020