Será.

Será que a través de los tiempos sigue viviendo, inexplicablemente, un te quiero.
El te quiero que esos tiempos no entendieron, que nadie entiende, pues aún sin verte, te siento a mi vera, en cada último momento que paso en esta vida.

© Javier Sánchez junio de 2021

Voy a buscarte.

De mañana, el rocío en la hierba, hace brillar el prado como un mar en calma. Desde la puerta de casa llega el perfume del musgo, de romero, a la tierra mojada, a las mismas piedras húmedas de la puerta de casa. A vida.

Agua en la cara y salgo descalzo, me encamino a la libertad del aire fresco de otoño. En la puerta de casa abro los brazos y respiro hondo. Siento como me acaricia la cara y me susurra un precioso buenos días, susurrándole al oído todos sus secretos.

Voy raudo, directo al camino estrecho, el que desemboca a tu calle y a tu casa, allí cuesta arriba. Hoy es un día precioso, es un día encantador. El aire que viene del cerro mueve mi camisa a rachas llenas de olor, el olor de mi pueblo que siempre se acerca por el camino de San Cosme.

Ya acercándome a la casa grande, se ven las vacas saliendo de la gran portada de casa de Julián, van hablando entre ellas entre mugidos y cencerros escandalosos, Julián lleva la vara, encarrilándolas. Aunque sabe que ellas conocen su camino, incluso mejor que él.

– Buenos días Julián.

– Buenos días muchacho. Que vaya de suerte zagal.

– Gracias Julián!!
Paso ya mas raudo, si cabe, por la casa de la señora Marga, me detengo al lado de una ventana, con unas macetas con unas amapolas preciosas, sé que esta ahí, van pasando las vacas a mi lado. Y el último Julián

– Buenos días Javier, ¿Dónde vas tan pronto? Que el día no hace todavía.
– Pues arriba, a la casa de terraza, para arriba señora Marga.
Marga sonríe y me dice.
– Con dios majo, ve allí, allí esta. – Sonriente la señora Marga.
– Lo sé señora Marga. – le dije, devolviéndole la sonrisa.

Y subo la pendiente que me lleva a tu casa. Entre las amapolas y las diminutas margaritas que viven en el camino empedrado, con la cara fresca y sonriente. Con el alma plena, volando la mente, como cuando vuela que eres feliz, pocas veces pasa, pero pasa.

Ya veo al fondo el final de la calle, arriba, “la casa de los terraza”, tu casa, tu ventana, tu pequeña ventana de madera y la pequeña cortina blanca, que oculta tu belleza, tu habitación, tu vida y la mía. Y adivino tu figura, madre mía, si hasta adivino tu sonrisa, se que me ves, lo sé, con esos preciosos ojos azules, y es que siento que tu mirada recorre la cuesta hasta mi pensamiento.

Mi corazón, que es tuyo, juega a su albedrío en mi pecho, al juego de los golpes, aprovechando entre la cuesta y los nervios, por que hoy te voy a ver. Hoy te voy a pedir compartir lo que me quede de vida contigo. Y solo pienso en aquel día que te vi sentada en aquella piedra, en el riachuelo de La Cabañera, con tu preciosa cara mirando al sol, olvidando al resto del mundo y viviendo en el tuyo.

Te miraba, embelesado, preciosa al color del sol del color del trigo que se colaba entra las ramas de los arboles y pensaba, es lo mas precioso que la madre naturaleza ha creado, no había nada mas bonito, nunca había visto a nadie como tú. Y mi cuerpo, mi mente se paralizó, como un pequeño ser diminuto de piedra. Y se acerco a verme el pánico, una visita que te arruina la vida, tenía miedo de acercarme, de hablarte de lo que quería. De que ya te amaba. Y el que me dijeras que no. Pero…

Aquí me veo subiendo la dura cuesta que va a tu casa, para fundirme contigo en uno, para ser tú, y tú, yo.

Las piedras resbalan, me asustan la piedras que resbalan, es como si muriera y cayera hacia el vacío, el vacío negro que me conoce, que me mira a la cara cada día, pero las aprovecho para alzarme por el camino. El viento fresco del monte me empuja hacia ti. Y ya te veo en la ventana. Y te digo en voz baja, solo para los dos,

– Te amo mi ángel, aunque el tiempo ya se me acaba, se me acaba el tiempo, ya lo sabes, pero te amo y quiero terminar mi tiempo a tu lado.

Y cuando se me acabe, que tu mano me acompañe a los campos de hierba fresca. Y allí me dejes, esperándote, recostado en la piedra de la tía Rosa, para que cuando tu vengas, seguir amándote.

©Javier Sánchez junio 2021