Ironía

¿No es una ironía perversa dibujar un árbol llorando en un papel.?

© Javier Sánchez 2020

Ojalá

Ojalá pudiera viajar, a través del tiempo, hacia los principios, donde nace el amor. Para vivir una vez más la belleza de conocerte, de besarte, de acariciar tu cara, de amarte con la misma fuerza, esa que me hace llorar.

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© Javier Sánchez 2020

La edad no existe

LA EDAD NO EXISTE

No hay edad para abrir nuevos caminos.

No hay edad que lo impida.

No hay edad para salir del agobiante pozo.

No hay edad para conocer una nueva vida.

No hay edad para reconocer que la tuya no es la que quieres que sea.

No hay edad para marcar la raya en el suelo.

No hay edad para gritar un “quiero algo más, simplemente algo más”

No hay edad para permitir que, de nuevo, te abracen con cariño, te miren a los ojos, haciéndote sentir presente.

No hay edad, de veras te lo digo, para que todo, todo comience como quieras, no como quieran que quieras.

No hay edad, de veras que no la hay para dar un paso fuera del círculo.

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© Javier Sánchez 2020

LA CURIOSA EMPATIA

Desconocida conocida, si. Porque hay gente que tiene el honor de poseer la empatía de otra persona y sobre otra persona,  esa persona que no estaba y aparece de repente, y comparte sus pensamientos, sus inquietudes, su forma de ver la vida, su forma de actuar frente a cualquier problema, cotidiano o no. Da igual, problema al fin y al cabo.

Que sublime, a la par extraña, que es le empatía, diferida y a veces lejana. Esta empatía, una desconocida conocida.

¿Porque se crea ese hilo cuasi invisible? y ese mismo hilo invisible, posibilita el ansia de saber de, o saber el que, o el cómo de alguien que solo ves en unos momentos. La empatía, es cuasi instantánea y produce esta clase de sensaciones, produce esta clase de conocimiento, amistad o como se quiera definir, que más da.

Cada día, tengas la edad que tengas, se crean personas, aparecen personas que  ni estaban pensadas hace diez minutos o diez años, que no existían y estaban y no son ni eran irreales. Existen, al otro lado del mundo, o de la calle, o del verde valle de tu pueblo o a tu lado. Ahí están.

Pero no deja de ser curioso y a mí, pobre mortal cuenta cuentos, junta letras,  humilde dibujante de palabras,  me sorprende, me asombra. Al igual que todavía a mi edad me asombra que un avión de miles de toneladas vuele. O un barco de miles de toneladas flote. Si, ya se que es pura física. Pero me sigue sorprendiendo.

Pero… por suerte a mis cincuenta y largos, todavía me sorprendo de muchas cosas. Por suerte y creedme que es por suerte. Y soy feliz por ello. No todo el día, no creáis que me paso el día vestido de naranja lleno de felicidad, Hare krishna, comiendo apio con lechuga y ayunando. De eso nada. Tengo mis enormes problemas, como todos. Pero me sorprendo al ir por el campo y ver el musgo en una piedra o una insignificante flor blanca, y preguntarle, que haces aquí, entre tanto verde tu sola.

Ese sorprendente mundo que nos han puesto delante y a veces ni vemos.

Bueno a lo que voy que me lio.

Todavía me sorprende la gente. Y eso me encanta. Todavía me siento vivo, nada mas faltaría, y pensaréis, es que solo tienes cincuenta y largos años, si es cierto, como también es cierto que tengo mas vida por detrás que la que me queda por delante, pero es que hay personas de mi edad, que se rinden a la edad y se dejan llevar por la corriente del rio. Cincuentón taciturno, apático y sabedor de que esta en la recta final. Joder, yo me siento en la recta, ni al final ni al inicio. Es como los formula 1, estoy en medio de la recta. Incapaz de enamorarse y de reír bajo una tormenta de tres pares de cojones. Buscando pegas a todo, peros y pegas.

Todavía me sorprendo de sorprenderme, todavía tengo el sentido a flor de piel, todavía soy capaz de darle la vuelta a los polos de la tierra. Y todavía me sorprende la empatía, siempre me ha sorprendido la empatía, es extraña, cuasi extraterrestre. Ya no me busco, eso es una chorrada, me encuentro, de vez en cuando, por el pasillo de casa y me saludo. Pero no busco en mi interior ni me paro a buscarme. Nada de eso. Ya apareceré.

Pero muy gratamente, de veras, hay que vivir, suena a típico y tópico, pero aunque te levantes con la tensión alta, luego se pasa, aunque llegues al curro y te abrumen los papeles, también se pasa, vas al médico, te receta un pastilla antimuerte, guay y p’alante. Oye, es que existo, luego aquí estoy.

Parece el escrito de un loco, pero es que creo que es así, no me rindo ante nada ni nadie. Además tengo mis pastillas que me dio mi doctora, que es una cachonda,  que nos reímos, de mi salud y yo de la suya.

Y terminas  ganando al día y si no, pues mañana ya me lo haré mirar, porque esta noche tengo un cena y eso es más importante que una montaña de papeles. Ir al medico y tomarme la pastilla antimuerte.

Conocida desconocida, la empatía a la vida, de eso se trata, de empatizar con la vida, es el regalo más valioso de esta larga y frondosa de ella. Si, de esta dura vida. Me encanta empatizar con la vida, con la gente, abrazar, decir que es que te quiero, es un paso hacia la normalidad de las personas, el primero de muchos de loa que hay que hacer  y se deberían de dar.

Ser persona es más importante que ser alguien.

©Javier Sanchez 2020

De hierba amarilla

Verano de hierba amarilla, de espigas hasta la cintura. Cigarras avisando del calor, grillos cantando a la noche.
En la casa, la madera se dilata, cruje como una hogaza de pan recién hecha.
Ese olor a piedra caliente y a la humedad de la bodega de casa que sube por el pequeño hueco de la escalera. Muevo con quejidos mi cuerpo y me siento en el borde de la cama, hay que tomar tiempo al tiempo.
Bajo las estrechas escaleras y aparezco en el comedor. He subido a las golfas a bajar grano para las bestias. Desde allí, me cuesta hoy bajar y supongo que mañana más.

Miro hacia la puerta, la luz entra como por las ventanas de una iglesia. No veo a María, no grito ni digo nada, a María nunca le ha gustado que le moleste por la mañana. Nunca he sabido donde se mete, siempre he pensado que anda por la bodega, pero en tantos años nunca le he preguntado. Es algo de ella. Solo de ella. Así lo entendemos. Hasta el desayuno.

Solo se oye algún perro, y algún grito animando a algún caballo a tirar cuesta arriba. Voy hacia la puerta de casa, y como siempre, me detengo allí, a la sombra del quicio de la puerta. Allí veo pasar nubes y, a lo lejos, las espigas moverse en el baile del viento.
Los caballos resuellan con el peso del carro cargado de paja, deseando llegar, para beber agua y lamer piedras. No me equivoque al oírlo antes.
Por el camino real, a media vista de distancia, veo a los dos pastores, padre e hijo, que vuelven de ir a buscar a las ovejas, para evitar el calor del rey. Encerrarlas y comer un poco de pan con queso y un chato de vino. Y enganchar hacia el huerto para ver que tal anda.

María esta levantada hace horas, eso es seguro. Y ahora estará, supongo haciendo el pan, porque lo huelo desde aquí, para mañana y preparando el hatillo para hoy. Cerca estará. Hoy salgo tarde, haré poco. Estoy cansado, María no se encuentra bien, hace días, y esta noche no hemos dormido gran cosa.
Me acercaré al huerto y veré que hay para traer. A las 12 viene el médico para verla. Le diré que se acueste, que no va a querer, que no tardo nada, ir y volver, sin más. Ya terminare el resto que haya que hacer en casa. Y mañana acabo lo que sea del campo.

Y al fondo la veo, al lado de la mesa pequeña de la cocina, hago la intención de ir hacia ella, como cada día a darle un beso, pero me la quedo mirando, mientras despacio cierra el hatillo. Y sabiéndose observada, me mira. Y sonríe con esa belleza con la que le ha bendecido la edad. Y mis ojos acostumbrados.
Y pienso, mientras la abrazo con mi mirada.

Tú, tú eres quien siempre mueve el trigo, hace que las cigarras avisen del calor y que canten los grillos. Tú, tú eres quien mueve este viejo cuerpo. Quien crea el alba y el ocaso cada día de nuestras vidas, de mi vida.
Y es que sin tí no soy más que un trozo de algo que va al huerto y mira por la puerta.

 
©Javier Sanchez 2020