Entre los árboles, entre el cielo.

Un sueño que tuve ayer.

Caminaba, por un precioso sendero de hojarasca, intentando por todos los medios no hacer ruido.

Sentía que me encantaba ese silencio, se escuchaba a los arboles respirar, precisamente para que yo respirara, los sentía acariciando mis oidos. Flotaba por el sendero, por ese bosque cada vez mas frondoso, percibiendo la humedad que me daba la vida, esa vida que la ciudad y la edad me robaba dia a día.

Llegando a un precioso recodo, adornado de violetas y lavanda, dónde nacía el robusto tronco de un árbol inmortal que se enroscaba así mismo, un árbol que creció altivo hasta mas allá de las sombras, vi a un anciano, sentado en una roca.
El anciano miraba al cielo sin respirar. Su pelo largo y canoso, se movía con la fresca brisa del bosque. El anciano tenía una barba poco cuidada, vestía una especie de hábito de color verde como el musgo, pies descalzos y un gran cayao, con el cual apoyaba su cuerpo desde la roca al suelo pleno de musgo.

Mientras me aproximaba a él, sentía algo que me sobrecogia el pecho, desconozco lo que me sucedía, no sabría explicarlo. Habia algo que me alteraba el pulso y me producía una sensacion de ahogo. Pero no era desagradable, era un pulso de vida que me llenaba, me alteraba gratamente. Sucedía algo extraño como si se oscureciera el cielo y tornará a iluminarse. Se me erizaba el pelo y me sentía débil y fuerte. Era algo increíble.

Cuando llegue donde estaba el anciano, todo aquello ceso de repente, le miré directamente y me acerqué más a él. Observé sus bellos y antiguos ojos azules, las raices de vida surcan su cara, y una dulce y preciosa sonrisa que atravesaba mi alma, como una flecha de plumas. Y fue entonces fue cuando sus ojos me preguntaron.

– Que le pasa a tu vida que esta atada a tu espalda, como yunque de herrero muchacho.
– ¿Sabes anciano? Hace tiempo perdi la consciencia de la vida, de todo lo que me rodeaba, por un mazazo de vital y dormí, para protegerme del aquel dolor. Por que estuve cerca de la no vida, abandonado en sus sombras, en el lado que nadie mira y todos temen. ¿Sabes anciano? Acumule rabia y odio hasta que llego a dolerme el alma. No merecía aquel sufrimiento.
Cuando pasó todo aquello, llegue a pensar que solo yo podia ayudarme. Y así que fui derrotado entre lagrima y odio, risa y decepcion. Y escribí entre la inmensidad finita de mi tristeza, mis dolores. Y mis pocas alegrias.
Acercarme a aquel paraje oscuro, trastocó mi vida para siempre y la convirtió en lo que nunca he sido, en lo que odio.

El anciano me miro y me dijo:

-Y porque odias, a quien odias, sabes que al odiado nunca le duele nada y el que odia le duele la vida, todos los dias. Y porque dices que solo tu puedes ayudarte muchacho, no ves que en la misma palabra ya te ofrece a alguien, quien sea.
¿Te ayudas tu a pasar un muro tres veces más alto que tu?

El anciano calló, alzo su cara durante un rato y miro al cielo, azul precioso, luego con el mismo color en los ojos que el cielo que acababa de observar, me dijo:

– Muchacho, no dejes que la vida te viva, vivela tu a ella. Aunque hayas estado en sombras grises y oscuras. No vuelvas con la tristeza clavada en el alma. Empieza de nuevo despacio a vivirla. Verás que en el mundo hay para ti una gran sonrisa, llena de tristezas támbien, pero sonrisa, nadie te dijo que seria facil, y no es facil y para ti lo será menos, pero siempre hay quien te tendera una mano. Ya lo verás.
Has desvivido dos veces y no sabes cuántas más te tocará desvivir de nuevo. Piénsalo.

El anciano se levanto de la roca y partio lentamente hacia el fondo del bosque.

Me quede anonadado, estaba, lleno de palabras, lleno de aquellos bellos ojos azules y aquella sonrisa. Me gire hacia el anciano. Le llame…

– Anciano, gracias, cual es tu nombre.

El anciano se volvió con una rapidez inusitada y le dijo.

– Vitae me llamo, Vitae. Me conoces aunque más de lo que imaginas. Recuérdalo la próxima vez que te pierdas.

©Javier Sanchez septiembre de 2020