Don Serapio

Costain, Huesca, Aragon

En el pueblo ya ha amanecido hace rato y Don Serapio, sigue durmiendo, abre un ojo y los dos como platos, ostras!!!, salta de la cama de un respingo, entre las cuatro mantas, que le cubren para paliar el frío que le mantuvo insomne hasta bien tarde.

Son la 8.15 de la mañana, no ha oído las campanas de la Iglesia, ni el despertador de campanas, o eso cree. Anoche se quedó hasta tarde corrigiendo el examen de Historia que ha impuesto el nuevo gobierno. El nuevo gobierno impuesto.

– Joder, que clase de historia es esta, si sale Franco y toda esta gente por todos los lados.!!! Maldita sea… Perdón, perdón, perdón… Dios mío, es queeeee……

Don Serapio, vive en una pequeña casa, por al lado de la iglesia del pueblo, dos habitaciones y frío, mucho frío, del cual le protege su vocación de maestro. Quería ser médico, pero con cinco hermanos, no pudo ser.

A sus 32 años, pudo conseguir plaza en el pueblo, haciéndose pasar por falangista, franquista, anticomunista y pasando por todas la maldiciones bíblicas que se le pusieran de por medio.

Es 20 de noviembre de 1950, terminó la guerra hace once años, en el pueblo de Costain de unos 150 habitantes, había unos 20 niños, la guerra hizo estragos. Se sufrió como en tantos pueblos, los golpistas se ensañaron con crueldad, asesinos por la gloria de España, salvadores de una patria que no quería ser salvada por nadie. Banderas y mas banderas contra el pueblo. Y dejaron fosas sin descubrir de muertos llorando, perdidos entre brumas y setos.

Una década después del final del golpe de estado, que produjo aquella terrible guerra, el hambre campaba por doquier, la pobreza, la represión, física, y la eliminación cultural. El adoctrinamiento de los niños. Sobre todo esto último.

Todos vivían en el extremo de la vida, a excepción de los afines al régimen claro. Del clero y los antiguos terratenientes que esclavizan y, hoy por hoy, siguen esclavizando al pueblo.

En este frío de posguerra, Serapio, Don Serapio, estaba en su habitación mal diciendo a todos aquellos de yugo y flechas. De camisas azules. Pero, ante todo, el era maestro, su vocación pasaba por encima de todo aquello.

Todavía se tiene que asear, maldito frío, en la habitación de abajo, antiguo establo y bodega. El agua de la palangana tiene una fina capa de hielo. Don Serapio se lava la cara y se moja el pelo. No hay tiempo para mas. El colegio está calle abajo. Al otro lado de la carretera. Pegado al ayuntamuento, “Las nuevas escuelas”, le llaman en el pueblo.

Sale al frío, que le corta la cara todavía húmeda, cuesta abajo corriendo con la carpeta de exámenes bajo el brazo, pasa por el colegio viejo, todavía quedan las cenizas de cuando paso el ejército golpista , según parece el maestro anterior Don Nicolas era republicano y lo fusilaron tras la iglesia. Se hablaba mucho de si fue verdad, simplemente se cree que lo fusilaron. Los charlatanes dijeron que se salvó. Pero, lo de siempre, habladurías de banqueta de la plaza del pueblo.

Don Serapio debe de llegar antes que el cura, Don Jacinto, cura de cincuenta y dos años, inflexible demonio, medio cura medio falangista y viceversa, medio nazi, medio inquisidor, media persona, azotador de niños, antienseñanza, anticultura y cruel, muy cruel, con la boca y con las manos. Nada de ciencia, nada de geografía, solo la estipulada, pero sobre todo Formación del Espíritu Nacional. Una de las tres Marías, Religión, gimnasia y FEN (Formacion del Espiritu Nacional). Sobre todo rezar mucho, que lo cura todo, hasta el comunismo. Decía Don Jacinto. Aquel diablo vestido de negro, era la maldad con sotana. Amargado inquisidor y maldito tortutador de niños.

A las 9 de la mañana, antes de poner la pequeña chimenea, nunca antes, para toda la clase, se cantaba el “cara al sol” y se rezaba el padre nuestro, después un mendrugo de pan negro y leche con agua. Algunos niños era lo primero que comían esa mañana. Todo ello era algo que a Don Serapio, le espesaba la sangre. Y empezaba el adoctrinamiento de las criaturas, todo en presencia de aquel demonio con sotana.

La foto de Franco encima de la pizarra negra, preludio del futuro, y encima de la de Franco, un crucifijo. Al otro lado de la clase la de Jose Antonio Primo se Rivera, y a su lado una escultura de madera representando el yugo y las flechas. Un “Una, grande y libre”, debajo de la escultura.

Don Serapio, abrió el carpesano y saco la lista de los alumnos. Cuando iba a leer, le interrumpió Don Jacinto.

Don Jacinto que estaba sentado en una mesa un poco mas atrás que Don Serapio, mesa mas grande, se color granate oscuro, un crucifijo en una esquina de la mesa y las fotos de Franco y Jose Antonio en la otra. No estaba escuchando realmente, no hizo ni caso a los educados buenos días de Don Serapio, que lo decía en voz alta y con una triste sonrisa en la boca. Ni la contestación alegre, pero contenida, de la clase. Los niños adoraban a Don .Serapio

– ¡Buenos dias Don Serapio.!

Observo como Don Serapio encendía la pequeña chimenea de clase. Y cuando se dispuso a pasar lista, despertó de la catatonia.

– Un momento Don Serapio, yo pasaré lista hoy. Yo lo haré, que tengo que comentar algo con alguno se estos miserias.

Don Serapio le tembló el estomago, sabia lo que significaba lo de hablar con los niños. Realmente odiaba a aquel ser vestido de negro.

Don Jacinto, se levanto parsimoniosamente, cogió la regla de madera. E inicio el camino de seis pasos que había hasta la mesa de Don Serapio, de manera altanera, militar, imitando a su amado Mussolini, midiendo cada paso, para que se sintiera su peso en la tarima se madera y se sentó en la silla de la mesa de Don Serapio.

Los niños, solo niños, las niñas en aquel pueblo no iban al colegio, por decisión del cura y del alcalde, con el beneplácito del resto de autoridades. Tenían que estar en casa, el cura no admitió de ninguna se las maneras que las niñas fueran al colegio.

– Dios y el Generalísimo son los que dictan el destino de las hembras de este pueblo. Y no hay mas que hablar

Decía levantando la mano con el dedo índice, señalando el cielo…

– Ángel Becerra.!!!
El niño se levantaba y gritaba.
– Presente.!!!
– Antonio Heredia
– Presente.!!!!
– Heredia, digale a sus padres, que ayer domingo no les vi en misa, que pasen mañana a verme a las 9 de la mañana.
– Pero Don Jacinto, mi padre trabaja, no podrá venir….
– Como que no.!!! El zángano de tu padre, deja la carpintería y viene aquí a la hora que te digo o le mando a la guardia civil.!!!
Antonio, bajo la cabeza y asintió.
– Si don Jacinto.

Antonio, de diez años, que parecían ocho. El hambre y el frío iba minando la salud de los críos. Hijo de republicano, salvado de las garras de Don Jacinto por su primo que era cabo de la guardia Civil.

Lo tuvieron retenido en el cuartelillo del calle del Convento, una semana de hambre y palizas, porque había cinco escapados al monte, a cazar, a cazar para comer, y uno de ellos era su vecino. Y, precisamente, no había vuelto. Del resto impero la ley del silencio.

A cazar en las tierras de Don Federico Lloret de Lafuente, terrateniente, y propietario, por la gracia de Dios y de las tropelias que habia hecho durante y despues de la guerra, de casi todo lo que se veía. Por ese simple hecho allí estaba. Por que faltaba uno y no había vuelto, y los que volvieron no sabían quien eran ni que habían cazado, ni que hicieron en las tierras del agraciado. Todo suposiciones. Y eso les hacía hervir la sangre a los jerarcas.

Su primo, el sargento de la guardia civil, destinado a quel pueblo y que anduvo fuera de el esa misma semana, lo libero al llegar al pueblo, encarándose a Don Jacinto, que, se empeñaba en mantenerlo retenido, para saber mas, decía enfermizo cura. El sargento firmo su libertad bajo su responsabilidad. De eso hacia ya siete años. Y al demonio de negro no se le había olvidado.

– Yo soy la autoridad!! – decia el maldito cura, con la cara roja de odio.

– La autoridad, en este pueblo, de momento, soy yo, yo… soy… el sargento de la guardia civil. Y usted es el cura de este pueblo nada más, tampoco nada menos. Y yo he decidido y yo decido que lo pongo en libertad, si usted quiere presente una denuncia y la tramitaré, pero él queda en libertad.

Nunca se puso denuncia alguna, pero el cura se la tenia jurada. Aquella mala persona no perdonaba tal ignominia. La mala gente es así.

El demonio negro de cincuenta años, de un metro sesenta, delgado, y de mejillas coloradas, gracias a su alcoholismo, con el pelo cortado al estilo militar nazi, sotana negra impoluta, gafas de cristales redondos y guantes negros. Y una voz chirriante que exacerbaba a cualquiera.

Un crucifijo de madera colgaba del cuello, y una vara de madera nudosa pendía de su mano derecha, siempre. La cara de aquel hombre desprendía odio por todos los poros. Se decía que fue militar y estuvo con los nazis, pero solo se chismorreaba. Pero es que aquellos tiempos le vinieron al pelo a aquella mente tan diabólica.

Antonio, el crío, solo pensaba en que le pasaría a papá mañana. Don Jacinto, le veía y esbozaba una pequeña sonrisa.

Don Serapio intervino…

– Están todos Don Jacinto, los he contado, si no ha de hablar con nadie mas, mejor empezamos la clase. Don Jacinto dio un puñetazo en la mesa.

– Muy bien.!! Proceda, yo salgo a un recado. He de ir a ver a Don Federico, Dios le guarde, a que traigan, el pan para estos.

– Si Don Jacinto – vete a la mierda pedazo de cabrón, perdoname Señor,  pensó Don Serapio.

Don Jacinto, miro a Antonio y salió de clase de un portazo. La calma llego a la clase como un bálsamo y Don Serapio sonrió.

– Vamos muchachos abrid el libro de matemáticas.

– ¡¡Si Don Serapio.!!

– Pero por la página uno.

Los niños, quedaron sorprendidos…

– Padre , aqui no pone nada. – Dijeron todos entre murmullos –

– Por eso, así hablamos un rato. ¿No os parece?

Todos rieron y algunos hasta lloraron.

 

 

Que tiempos tan duros y amargos. Nadie debe de olvidar quienes fueron las malas personas y quienes fueron la buena gente.

©Javier Sanchez 2019

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EL PUEBLO

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Escondido tras la roca, tumbado en el suelo, con las piedras y las trinchas del uniforme clavandosele en el estómago y en el pecho. En la noche oscura, Tomás apuntaba su fusil a la nada, todo eran ruidos, disparos a lo lejos, al lado del pueblo, de su pueblo. Tomas tenia frío, un frío antinatural que le calaba hasta detrás de los ojos y le producía un dolor insoportable. Era un diciembre anormalmente frío, muy frío.

– Maldita sea, malditos salvadores de la patria… me cago en los fascistas de mierda.

Cuarenta y cuatro soldados estaban apostados a lo largo de una loma, cuatro habian partido a ojear cerca del pueblo, los cuarenta que quedaban abarcaban unos cien metros en linea. Treinta miraban hacia el pueblo y seis vigilaban la retaguardia. Todos helados de frío y consumidos por la ira y la rabia.

Llevaban quince días por los cerros y campos solo escuchando tiros y cañonazos. No habían visto a ningún fascista. Y llegaron a la loma del pueblo. Ateridos de frío y hambre. Iban al pueblo de Tomás, por que él se lo indicó al teniente, que allí les atenderían y podrían reponer fuerzas, para seguir hacia Teruel, que era su destino. El que les habían ordenado defender de los sublevados que querían conquistarlo. A toda costa.

Llegando al atardecer a las cercanías del pueblo, pararon en seco en aquella loma. El teniente ordeno posicionarse para observar. Algo había en el pueblo que no era normal. Algo no iba bien.

Estaban en la loma que Tomás jugaba de pequeño, con su hermano, caído en el Albarracin, y Juanito, que estaba dos puestos mas a su derecha.

Aquella loma verde, la que en primavera se tumbaban los tres a mirar el cielo, a comer el trigo o alguna fruta que habían robado de cualquier campo, o a sus mismos padres mismos.

Tiempos de adolescencia de color amarillo, el de los amplios campos de trigo alto, de cebada, de olor a romero, a tomillo, y al heno mojado de la mañana.

Tiempos de queso con el pan espeso de madre. De salidas del colegio y a la carrera a dejar el zurrón en casa, besar a madre y pedirle permiso a padre para ir a la loma del pueblo.

Se llamaba así, no tenía nombre, bueno si, la loma del pueblo. Curiosamente, ahora los defensores del pueblo estaban en la loma del pueblo, esperando.

El amarillo se volvió oscuro, de golpe, y sintió el frió. Cada disparo lejano le ponía mas nervioso a Tomas, quería salir corriendo hacia el pueblo y matar a todos los golpistas que estaban matando a su gente y posiblemente a su familia. Y el teniente, el maldito teniente no decía nada.

Cuarenta y cuat tosoldados republicanos, soldados que defendían la república, la legalidad arrasada por cuatro generales descontentos, la banca, sobre todo la familia March, otras familias influyentes y poderosas y la maldita jerarquía eclesiástica. Con la Iglesia hemos topado, la mas influyente y poderosa. Cuarenta y cuatro soldados republicanos aguantando el momento de que el teniente diera la orden de acercarse a aquel pueblo Aragonés.

Con el frío atenanzandoles el alma, y exponiéndoles a la violencia y a la rabia. Esperaban tiro a tiro. Espanto a espanto.

– Mi teniente, a que estamos esperando, ¿¿a que no quede nadie.??

– Tomás, no vuelva a hablarme asi, soy su superior.!!

– Están matando a mi gente…

El teniente, calló por un momento y no dijo nada…

– Tomás déjame pensar, actuaremos. Te lo prometo.

En el pueblo los fascistas, se llevaban a los hombres a las afueras del pueblo y en las cunetas de la carretera, en las tapias de los cementerios los fusilaban. Sin preguntar, algunos caían por chivatos, que aprovechaban la coyuntura, para “solucionar” antiguas rencillas entre familias, fuera verdad o no. Si decían que no eras afín al golpe, te llevaban de paseo. Así se eliminaron generaciones. Padres, madres, abuelos… guerra.

Amanecía frente a la loma, ya volvían los cuatro soldados que habían ido a observar quien y cuantos habían…

– Mi teniente, son unos treinta, un teniente, un sargento, soldados nacionales y soldados moros.

Han dado paseo a mucha gente del pueblo. A muchos, mujeres y mozos.

La, gente esta escondida, en las cuevas de fuera del pueblo, las hemos visto y la gente a nosotros. Debemos ir ya…

– Señores – dijo el teniente – vamos a ello de inmediato, la mitad con el sargento por la derecha y la otra mitad conmigo por la izquierda. A la entrada nos desplegamos… Y acabamos en el centro del pueblo. Entendido!!!

Bajaron la loma del pueblo, Tomás, era como veinte soldados juntos. Se le salia el odio y la rabia por los ojos, Juanito se puso a su lado.

– Cabeza Tomás, cabeza. Por favor.

Tomás asintió. Aunque por dentro su cabeza iba a explotar.

Llegaron al pueblo ya amanecido, los fascistas ya no estaban, habían matado a la mayoría de los hombres y a adolescentes.

Mujeres llorando, clamaban justicia a los soldados.

Tomás hundió sus rodillas en el suelo de la plaza de su pueblo y lloró. Juanito le cogio el hombro y le dijo, – vamos a casa a ver.

En las cunetas, en las paredes de los cementerios estan las huellas, de los llantos de las mujeres y hombres que la barbarie borro de la faz de la tierra, con el beneplácito, de alcaldes, curas y vecinos. No todos fueron así, pero si afloró el odio y la envidia. Las miserias humanas de personas sin sentido. Guerra entre hermanos, paisanos.

El horror mas espantoso.

Tomás y su gente salieron de allí, después de llorar a sus muertos. Con el odio clavado en la espalda, hacia la reconquista de Teruel, tomado por los fascistas, allí se dirigían los fascistas también, para intentar apoyar a los suyos. Unos detrás de otros. Hacia una de las batallas mas terribles de la guerra civil, ya era finales de diciembre de 1937. Y una ola de frío asolaba Aragón.

El sufrimiento continuaba …

 

© javier sanchez 2019

 

Carta desde el frente

Belchite, 25 de Agosto de 1937

Mi amada y dulce María.

Te escribo, entre brumas, en este agujero de una casa devastada, a duras penas oigo en lo cerebro lo que escribo, desde este infierno de sangre y acero.

Ya amanece, no he dormido nada, los nacionales no han parado en toda la noche con el tableteo de las ametralladoras, de disparar, de no dejarme dormir, ni un minuto.

Ayer por la mañana entramos en el pueblo de Belchite, hace el calor de agosto, huele a todo, menos a pueblo, huele a pólvora y a muerte, gritos de “Adelante, por la república”. A muertos.

Juan, mi amigo Juan, ha fallecido a diez metros de mi, se le ha escapado la vida de un golpe certero de una piedra. Ti fíjate, una piedra entre tantas balas, madre mia, una piedra rebotada de la explosion de una granada que nos han lanzado y me ha dejado casi sordo, pero a Juan, la piedra, le ha reventado la frente y se ha caido, como un muñeco de trapo.

María cariño mío, no puedo soportarlo, estoy escondido en un agujero de este edificio destruido, que fue hogar de alguien. Veo que están entrando casa por casa, no hay ninguna que se libre, no hay nadie, solo disparos y muertos.

He caido al suelo en una de ellas, me siento agotado, me he dormido de repente y he despertado, otra vez, en este desolado pueblo, destruido, arrasado, gris y marrón. Y no se que hacer, hablo solo, es como si no hubiera nadie a mi alrededor, y te llamo mi vida.

Grito tu nombre. Grito por si alguien me contesta. Y de vez en cuando con la gente que pasa a mi lado, pero nadie me mira ni me contesta. Y veo las borrosas sombras, de columnas de civiles que pasan delante de mi, caminan mirando al suelo y no hablan, son como fantasmas. Y los que hablan, lloran, y no entiendo lo que dicen.

Solo se que estoy solo, me siento solo y sin fuerzas y tengo frío. Quiero volver contigo, María, contéstame esta carta. Quiero volver a casa.

Siempre tuyo

Tomas.



© Javier Sánchez 2019