Juega

Sigue jugando, no pierdas la cuerda, de ninguna de las maneras.
Aunque estés al borde del barranco.
Juega, sigue, coje aire y no mires abajo.
No te pierdas en las sandeces de los mayores. Sigue jugando.

Juega, juega a la vida, aunque esté el vaso medio lleno, sigue jugando.
Juega, como cuando eras un juego con piernas cortas.
Vuela en la nave espacial viajando a Andrómeda, en busca de los hombres verdes. Juega a la vida. No te pierdas en las sandeces de los mayores.

Juega, aún con el cabello blanco.
Juega con el caballo blanco, siii, ese que bate las alas majestuosamente y te convierte en el dueño de los cielos.

Juega, siempre, salta y ríe aunque te duela la vida.
Y no te pierdas en las tonterías de los mayores, nunca tienen razón.

Sigue jugando.
Siempre.




© Javier Sánchez mayo de 2021

La señora Dolores

La señora Dolores caminaba arrastrando los pies, cruzaba la calle, mirando a su alrededor y saludando a sus vecinos, con la antigua bolsa de tela para llevar el pan.

Ochenta y seis años, cuatro hijos y 10 nietos. Con toda una vida de trabajo, de jovencita, sirviendo en casa del terrateniente de turno, después en la panadería, seguido de la emigración a Barcelona, en la cual trabajo en mil sitios diferentes, siempre destacando su ímpetu y su visión de futuro. Trabajó en un colmado, en un bar, en una vaquería y en casa de un sastre. Nunca bajaba de diez horas al día, matrimonio e hijos.

Con el tiempo la señora Dolores abrió una tienda de ropa, mercería, trapos, botones y cremalleras. Vendía de todo lo referente al vestir. Ella decía:
– El cliente viene a una tienda de ropa, aquí debe de haber de todo lo que el cliente busque referente a la ropa y al vestir.

Creó los departamentos de la tienda e instruyó, como ella creía, a los empleados, especializandolos en un producto, pero con nociones del resto de lo que ella consideraba que podía venderse. Nunca tuvo que explicar nada de nada a sus empleados ya instruidos, ellos conocían tan bien el movimiento de la empresa, que la hicieron suya.

La señora Dolores era feliz, había conseguido ya cerca de los sesenta años que aquella tienda tuviera la categoría de calidad y servicio, que en aquellos años, era importantísimo. Y como ella decía siempre.
– Sólo se precisa amabilidad con los empleados, si así lo haces, ellos trasladarán esa amabilidad a los clientes.

La señora Dolores se retiró de la vida empresarial, de su tienda y de sus cinco empleados a la edad de setenta años. La tienda quedó en manos de sus hijos, pero bajo las heredadas estrictas indicaciones del funcionamiento de su creadora.

La señora Dolores nunca pisó, ni humilló a nadie. Todos trabajaban para la empresa, todos eran la empresa. Sin duda alguna. Amabilidad.

Sus hijos tenían empresas relacionadas con la producción textil, muy instaurada en Barcelona. Todas produciendo, con problemas, para que nos vamos a engañar, como cualquier negocio, pero produciendo. Pero todo siempre iba bien. La mano de Dolores siempre se palpaba el ambiente.

Dolores, aquel día, pasó de largo de su casa, con el pan en la pequeña bolsa de trapo, y se dirigió a dos manzanas de su casa, a un edificio, enorme, acristalado, precioso.

Entró en el edificio y preguntó por un tal Alonso Escudos. El cual bajo a los cinco minutos. Cincuenta años, traje negro, camisa blanca impoluta y corbata gris perla. Bajaba rápido por las escaleras y sonrió en cuanto vio a la anciana.

– Señora Dolores, encantado de verla, es todo un placer, mi madre compraba y todavía compra, en su en su tienda a fecha de hoy y desde que yo recuerdo, es más estuve de pequeño y adolescente en su tienda varias veces. De hecho recuerde usted que la llamé por consejo de ella, ella me recomendó que hablara con usted. Es un placer, reitero.

– Muchas gracias hijo, me alegra mucho que tu madre fuera clienta mía, se nota en tu forma de vestir, por cierto eres una persona muy amable.

– Jajajajaja, muchas gracias…
¿Pasamos a ver a los chicos?

– Cuando tú quieras.

Subieron en el ascensor hasta la quinta planta, la señora Dolores se cogió del brazo del caballero. El cual le cedió amablemente, no le hacían mucha gracia los ascensores.
Llegaron a la quinta planta y salieron del ascensor, dirigiéndose a una puerta doble de lo que parecía una gran sala.

El señor Alonso entró en la sala y se hizo de inmediato el silencio, la Señora Dolores quedó sentada en una silla en la puerta.

– Señoras, señores, después de mucho meditar, después de muchos cursos, de coachs, de ideas ridículas e ideas casi vitalmente inviables puestas en marcha sin comprobar nada. He llegado a la conclusión de que ninguno de nosotros sabe lo que es trabajar y dar todo por la empresa y ello, por la salud y el bien estar de todos nosotros, he traído a una empresaria que les explicará lo que es ser, empleado y empresaria, lo que es subir la escalera de la vida y la otra escalera, la escalera laboral, cosa que nosotros creemos que ya hemos subido y no es cierto, de veras que no lo es. Esta persona les va a enseñar, y les advierto que es un lujo, como se debe subir la escalera con respeto al negocio, a la empresa, a los empleados y a los clientes. Sin vanagloriarse de traje caro, coche de lujo y ventas más comisiones de locura…

Pase señora Dolores…

La Señora Dolores pasó a la sala, dio las buenas tardes. Dejó la barra de pan en la mesa de madera lacada y miro al frente.
Allí había unas treinta personas de todas edades y categorías. Administrativos, informáticos, contables, vendedores, jefes de sección, etc. Todos asombrados y mirando a la anciana y al propietario de la empresa.

– Buenas tardes, nací en 1934, y en la vida, nadie me dijo que nada sería fácil, pero si que es fácil, pero solo si se la haces fácil a los demás, eso os lo puedo asegurar… Y vengo a explicaros mi vida… Para poneroslo fácil. Y por que el Señor Alonso me lo pidió con una amabilidad, que ya no recordaba.

– Por cierto ¿Alguno de ustedes ha sido amable con alguien estos…. por ejemplo…. cinco últimos años?…

© Javier Sánchez mayo de 2021

Te veo

Veo a través del primer muro de ladrillo, el de cemento, el de alambre, el de piedra, el de sangre, el de carne, el de libertades, el de edades, el de musgo y árboles.
Y me asombro con el precioso color oro de los campos de trigo, el oro de tu bello cabello que besa el viento una mañana de verano.

Y al fondo, en el linde del campo de oro, estas tú. Alli entre el cielo y mis sueños. Vestida de semilla de trigo, una soleada y maravillosa espiga ondulante al vals de la cálida brisa.

Hacia allí parto, con mi atillo al hombro, mi cuerda de esparto, mis sueños y mi alma limpia, sin nada en los bolsillos, todo en mis manos desnudas, las que te buscan cada día y te han buscado en cada una de mis vidas, entre los tiempos de mis antiguas memorias.

©Javier Sanchez mayo de 2021

Porque no estás.

Aquí te dejo un te echo de menos, pero de esos que pesan en el alma y no te dejan vivir, de los que te ahogan el pecho y no te dejan vivir.

Uno de esos que no se compara con nada, porque nada es comparable con un…
Te echo de menos, de esos de los brazos rígidos, pendientes de poderoso y dulce abrazo. 

Un te echo de menos, de esos que se susurran que estas en mi cabeza, en esta fría noche de verano. Y sin poder olvidarte, sin poder hacer ni deshacer,sin poder

Un te echo de menos… que no sirve ya de nada porque se me acaban las palabras y sé que quedan en tierra baldía, como un grito contra el viento.

Aquí te dejo un te echo de menos… aunque me doy cuenta de que no,  no me sumas, por mucho que me esfuerce. 

Aquí te lo dejo… en la mesa,
al lado de mi alma, cerca de mi pequeño reloj, el que mide el tiempo que no estoy contigo.
Un te echo de menos.

©Javier Sánchez mayo de 2021