T’estimo (Te quiero)

Una de las canciones más encantadoras, preciosas y con alma de poeta, del maestro Lluís Llach. Todavía me pone la piel de gallina. la letra, por supuesto es en catalán, pero os he buscado una traducción, por cierto correctísima.

A todos mis amores, a los que nunca les supe decir lo que Lluís es capaz de decir.

Espero que os guste.

© Javier Sanchez 2020

Un beso en un cristal

Paseando por la calle, vi, en el cristal del escaparte de una tienda, la huella de unos labios. Un beso en un cristal. Que bello. Quedé mudo por aquella instada belleza.

Un beso preso, que anulaba la transparencia de aquel crstal. Aquella belleza era la huella indudable de un amor recordado de repente, de esos que te vienen de la memoria profunda y te hacen actuar sin pensar, total de eso se trata, el amor impulsivo.

Quede prendado de aquellos labios pintados en aquel himedo cristal. Pensando, que hay que amar de una poderosa forma, cuando vas paseando y ves el reflejo, a tu lado, de quien amas, en un vidrio y en ese incontrolable impulso, corres a besar el vidrio.

La bella impronta de un amor. Y es que los besos son asi, el amor es así, debe de ser así.

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©Javier Sanchez 2020

El valle y la roca

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Valle de Pineta, Huesca, Aragón

Alumbraba el día.

El sol intentaba entrar por aquella pequeña ventana de vieja madera, de cristales, apenas traslucidos, tan antiguos como las vigas de madera del protector techo, su calido aliento me acaricio la cara con aquella suavidad que te hacia recogerte mas en la cama y hundirte en el colchón de lana, que te arropaba en las frías noches veraniegas del pirineo aragonés.

Me levanté emocionado, siempre me sucedía, claro que con veinte años si no te levantas emocionado, algo sucede. Pero aquella mañana, era como una espuela en mi joven cerebro y no sabia porque, la verdad. Me vestí y bajé al comedor, allí estaba mi abuelo, caliqueño en la boca, café ardiendo y galletas Maria, me acerqué a él y le di un beso en la frente, igual que hacia con mi padre,

– buenos días yayo.

– buenos días hijo, dónde vas con esa prisa.

Grité en dirección a la cocina

– buenos días yaya.!!

Del fondo de escucho..

– Buenos días zagal..!!! Anda, ven aquí y desayuna.

Le plante otro beso a mi abuela, y ella, como siempre, me devolvio cientos.

Bebí un vaso de leche, le di otro beso a mi abuela y otro al Yayo y me dijo…

– Anda corre, que te va a faltar tiempo. ¿Vas a ir allí?

– Si abuelo, allí voy.

– Vuelve a comer

– Hasta luego.

Y salí al mundo. Me encantaba salir de golpe a la puerta de la casa de mis abuelos.

Esa puerta, una bellísima puerta de incontables años, esa puerta que ha visto repúblicas, monarquías, repúblicas, disparos, hijos, nietos, padres, ataúdes, amigos, años… Aquella puerta de la casa del pueblo, en las afueras de Bielsa, la puerta de mi padre, de mi abuelo y bisabuelo, me encantaba y me imponía a la vez. De cierto es que, desde siempre, las puertas antiguas, siempre me imponen, porque me detengo a pensar, que esas puertas, que algunas, retienen siglos en ellas, han visto pasar por su alma, historias, vidas y muertes. Las puertas de las casas antiguas regalan esas historias en su umbral. Las admiro. Las venero. Probadlo, poneros en el quicio de una puerta antigua y sentiréis el alma de la casa, sus habitantes y su tiempo, sobre todo su tiempo.

Los que son mis amigos, saben que, aún hoy, treinta años después, Javier, se queda embobado viendo cualquier puerta antigua, tocándola, intentando descubrir o sentir que pasó, quien vivió y quien pasó por allí, años atrás.

La casa de los yayos daba a un camino de tierra que se perdía a izquierda y a derecha. Salí hacia la izquierda, a la derecha estaba la iglesia y cuatro casas más, pero hacia la izquierda se iba a los bosques altos, a la montaña más pura, laderas inclinadas, rocas y nieve. Me encantaba salir a perderme. De allí nació mi afición a la alta montaña, a la escalada y el amor a la naturaleza.

Aquella mañana subí hasta media montaña, no hay que ser ambicioso en la montaña. Máxima montañera, “las montañas no se mueven de ahí”, al igual que “sube como un viejo y llegaras como un joven, sube como un joven y llegaras cómo un viejo”

Subía, despacio, disfrutando del viento que soplaba del este, viene húmedo, huele a muy húmedo, mejor eso es lluvia y arriba nieve, escuchando a tus mayores, aprendes. Me acerque a la roca, a mí roca, que supongo que caería allí, miles de años atrás, subí y me senté en ella.

Se veía el valle, el Valle de Pineta, un valle glacial, precioso, salvajemente precioso, abrupto, terminado en lo que se llama un circo, el cierre del valle, culminado por El balcón de Pineta y más arriba el Monte Perdido. Cimas nevadas y abetos negros. Salvajemente precioso. Mi abuelo y mi padre nacieron unos cientos de metros mas abajo, y mi abuelo y tío abuelo estuvieron por esas montañas, luchando contra los golpistas de Franco en el 36, en la guerra. Pero eso es otra historia que ya os contare otro día.

Allí sentado en aquella roca, en la ladera, sentía como la historia de mi familia, de mis antepasados y como la vida me atravesaba como mil agujas mi cuerpo, empequeñecido por aquella maravilla. Era y es conmovedor. Todavía voy a mí roca.

Vida dura la de la gente de la montaña, la gente de pueblo, que vivía entre el frío y el trabajo, trabajo durísimo, y si hubo que coger las armas, también lo hicieron. La vida era completa, sin cortes, ni descansos.

Nunca olvido subir allí, donde de pequeño me subió mi padre a observar el mundo,su mundo, en aquella roca y él subió, de pequeño, con mi abuelo. Nunca lo olvido, como sea y cuando sea. Pienso que no debo de hacerlo. Allí subí a mi hijo hace unos veinte años y me hizo feliz, tanto como él que escuchaba la historia de su abuelo, bisabuelo y tatarabuelo.

Horas después, cuando ya me había limpiado de lo gris de la ciudad, bajé hacia casa, mi abuelo comía a las dos de la tarde, sin excepción. Y allí debía de estar si nieto.

Aquel valle, aquella roca, es el punto de partida de mis ancestros. Debemos de, por lo menos, visitar a nuestras raíces, hay que ir al lugar de donde vivieron ellos, pasear por aquellos sitios donde ellos pasearon. Y sentir de donde vienes. Lo sientes en el alma. Recuperar donde estas realmente plantado.

Olvidamos de donde venimos, siempre…. y, oye, así nos va.

©Javier Sánchez 2020