De cuando y de ahora

Anoche hablando contigo de nuestro pasado, con lágrimas en los ojos, me dijiste cosas bellas, te comenté que había sufrido mucho en mi vida y tú me dijiste que todo no había sido sufrimientos, que habíamos reído mucho también y tenido momentos felices. Hablamos de que los dos sabíamos que ambos sufríamos en silencio y que los dos lo sabíamos e incluso que los dos estábamos bien cuando alguno de nosotros dos estaba presente. Fue una grata y preciosa conversación, como las de antes, tú habías tenido un mal día en el trabajo, yo un mal día simplemente y nos alegramos y deshaogamos largo rato entre las palabras escritas en un cristal. Y recordé cuando te volví a ver… Después de tanto tiempo…

Después de después de tanto aquel mes de Diciembre, te vi allí de pie en aquella sala, mal momento para volver a verte, después de tantos años, ojalá hubiera sido en otra situación. Tenía años amontonados en una esquina de mi memoria y aún así me temblaron las piernas y mi estómago paseó por todo mi cuerpo. Y es que, de veras, desconocía que te echaba tanto de menos, es algo que me sorprendió y, por cierto, gratamente. Y es que echo de menos todo aquello que nos unió en la vida.

De cuando, la amistad era tan directa, que te dolían los golpes que la vida daba a tus amigos. Naturalidad y cariño. Era cuando ocultaba mis sentimientos. Era cuando te procuraba una sonrisa para que pudieras nadar entre la tristeza que te asolaba. Cuando la musica y la palabra era el medio de mirarse y entenderse o simplemente miradas a escondidas.

Era cuando aparecieron ellos.
– No te preocupes, yo me quedo con los críos.

Y tirado en el suelo, horas de juego con ellos, largo tiempo y tú mirándome, creeme, lo sé.

Era cuando llorábamos sentados, uno al lado del otro y también cuando nos reíamos por todo, de nosostros y de los demás. Cuando los sentimientos afloraban y me erizaban el bello y algo me impedía decirte que significaban. Aunque nadie nos veía, éramos casi invisibles.

Era cuando la vida, la amistad, no es que fuera mas simple o mejor, es que era mas de verdad, mas pura, mas visceral. Todo era más auténtico.

Pero creo que nada se pierde, creo que el tiempo te muestra algo para que lo valores y todo se renueva y crece como un árbol en medio del bosque. Todo eso esta escondido en un rinconcito del alma, de la memoria y a veces de nuestro presente. Cosas guardadas, sentimientos escondidos que viven de nuevo, sentimientos casi inconfesables.

Nada se pierde para siempre. Nunca. Todo pasa por algo.


© Javier Sánchez octubre de 2021

T’estimo (Te quiero)

Una de las canciones más encantadoras, preciosas y con alma de poeta, del maestro Lluís Llach. Todavía me pone la piel de gallina. la letra, por supuesto es en catalán, pero os he buscado una traducción, por cierto correctísima.

A todos mis amores, a los que nunca les supe decir lo que Lluís es capaz de decir.

Espero que os guste.

© Javier Sanchez 2020

El valle y la roca

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Valle de Pineta, Huesca, Aragón

Alumbraba el día.

El sol intentaba entrar por aquella pequeña ventana de vieja madera, de cristales, apenas traslucidos, tan antiguos como las vigas de madera del protector techo, su cálido aliento me acaricio la cara con aquella suavidad que te hacia recogerte mas en la cama y hundirte en el colchón de lana, que te arropaba en las frías noches veraniegas del pirineo aragonés.

Me levanté emocionado, siempre me sucedía, claro que con veinte años si no te levantas emocionado, algo sucede. Pero aquella mañana, era como una espuela en mi joven cerebro y no sabia porque, la verdad. Me vestí y bajé al comedor, allí estaba mi abuelo, caliqueño en la boca, café ardiendo y galletas Maria, me acerqué a él y le di un beso en la frente, igual que hacia con mi padre,

– buenos días yayo.

– buenos días hijo, dónde vas con esa prisa.

Grité en dirección a la cocina

– buenos días yaya.!!

Del fondo de escucho..

– Buenos días zagal..!!! Anda, ven aquí y desayuna.

Le plante otro beso a mi abuela, y ella, como siempre, me devolvio cientos.

Bebí un vaso de leche, le di otro beso a mi abuela y otro al Yayo y me dijo…

– Anda corre, que te va a faltar tiempo. ¿Vas a ir allí?

– Si abuelo, allí voy.

– Vuelve a comer

– Hasta luego.

Y salí al mundo. Me encantaba salir de golpe a la puerta de la casa de mis abuelos.

Esa puerta, una bellísima puerta de incontables años, esa puerta que ha visto repúblicas, monarquías, repúblicas, disparos, hijos, nietos, padres, ataúdes, amigos, años… Aquella puerta de la casa del pueblo, en las afueras de Bielsa, la puerta de mi padre, de mi abuelo y bisabuelo, me encantaba y me imponía a la vez. De cierto es que, desde siempre, las puertas antiguas, siempre me imponen, porque me detengo a pensar, que esas puertas, que algunas, retienen siglos en ellas, han visto pasar por su alma, historias, vidas y muertes. Las puertas de las casas antiguas regalan esas historias en su umbral. Las admiro. Las venero. Probadlo, poneros en el quicio de una puerta antigua y sentiréis el alma de la casa, sus habitantes y su tiempo, sobre todo su tiempo.

Los que son mis amigos, saben que, aún hoy, treinta años después, Javier, se queda embobado viendo cualquier puerta antigua, tocándola, intentando descubrir o sentir que pasó, quien vivió y quien pasó por allí, años atrás.

La casa de los yayos daba a un camino de tierra que se perdía a izquierda y a derecha. Salí hacia la izquierda, a la derecha estaba la iglesia y cuatro casas más, pero hacia la izquierda se iba a los bosques altos, a la montaña más pura, laderas inclinadas, rocas y nieve. Me encantaba salir a perderme. De allí nació mi afición a la alta montaña, a la escalada y el amor a la naturaleza.

Aquella mañana subí hasta media montaña, no hay que ser ambicioso en la montaña. Máxima montañera, “las montañas no se mueven de ahí”, al igual que “sube como un viejo y llegaras como un joven, sube como un joven y llegaras cómo un viejo”

Subía, despacio, disfrutando del viento que soplaba del este, viene húmedo, huele a muy húmedo, mejor eso es lluvia y arriba nieve, escuchando a tus mayores, aprendes. Me acerque a la roca, a mí roca, que supongo que caería allí, miles de años atrás, subí y me senté en ella.

Se veía el valle, el Valle de Pineta, un valle glacial, precioso, salvajemente precioso, abrupto, terminado en lo que se llama un circo, el cierre del valle, culminado por El balcón de Pineta y más arriba el Monte Perdido. Cimas nevadas y abetos negros. Salvajemente precioso. Mi abuelo y mi padre nacieron unos cientos de metros mas abajo, y mi abuelo y tío abuelo estuvieron por esas montañas, luchando contra los golpistas de Franco en el 36, en la guerra. Pero eso es otra historia que ya os contare otro día.

Allí sentado en aquella roca, en la ladera, sentía como la historia de mi familia, de mis antepasados y como la vida me atravesaba como mil agujas mi cuerpo, empequeñecido por aquella maravilla. Era y es conmovedor. Todavía voy a mí roca.

Vida dura la de la gente de la montaña, la gente de pueblo, que vivía entre el frío y el trabajo, trabajo durísimo, y si hubo que coger las armas, también lo hicieron. La vida era completa, sin cortes, ni descansos.

Nunca olvido subir allí, donde de pequeño me subió mi padre a observar el mundo,su mundo, en aquella roca y él subió, de pequeño, con mi abuelo. Nunca lo olvido, como sea y cuando sea. Pienso que no debo de hacerlo. Allí subí a mi hijo hace unos veinte años y me hizo feliz, tanto como él que escuchaba la historia de su abuelo, bisabuelo y tatarabuelo.

Horas después, cuando ya me había limpiado de lo gris de la ciudad, bajé hacia casa, mi abuelo comía a las dos de la tarde, sin excepción. Y allí debía de estar si nieto.

Aquel valle, aquella roca, es el punto de partida de mis ancestros. Debemos de, por lo menos, visitar a nuestras raíces, hay que ir al lugar de donde vivieron ellos, pasear por aquellos sitios donde ellos pasearon. Y sentir de donde vienes. Lo sientes en el alma. Recuperar donde estas realmente plantado.

Olvidamos de donde venimos, siempre…. y, oye, así nos va.

©Javier Sánchez 2020

Dos cadenas de TV

Dos cadenas de tv. Dos. Conocidas como la primera y a segunda. Con anuncios, si, pero solo dos cadenas y a las 00.00 cerraban y si mal no recuerdo, la segunda, en principio, emitía por la tarde solo. Yo era muy pequeño.

Y todo esto a pelo, sin internet, sin tablet, play station, smart phone, chats, WiFi, Internet, 1000 plataformas de TV, 800 cadenas de tv, miles de películas. Bufffff…!!!

Eso si. Con pelota, espadas de madera, tirachinas, canicas, hablar en una esquina, imaginación, mosqueteros, romanos, polis y ladrones, el pote, el escondite, churro medimanga…, juguetes que no funcionaban solos, la bici que nunca llegaba, veinte niños y niñas en el descampado tirándonos piedras, peleas y al rato todos sentados en el suelo hablando de tonterías, amigos. Amigos.

A las 8 en casa, si no tu madre salia al balcón y de un scaneo, por muy oscuro que estuviera te localizaba y gritaba tu nombre,

Javiiiiiiiiiiiiiii, sube a cenar.!!!

Y este toque de retreta, a cualquiera que pillara, dispersaba a toda la banda. Porque las demás madres estaban de camino al balcón.

Infancia, natural, directa, de manos y olores.

© Javier Sánchez 2020

De allí que vengo

Del el trigo vengo padre, con la fresca y los buenos días de Joaquín. De la siega, que me quiebra la espalda padre. Y ahora a estudiar, por que no me das respiro, pues no quieres esto para mi.

Déjame que siente mi joven cansancio en la piedra de la puerta de casa, donde quedó el perfume a jabón de aceite y margaritas amarillas de madre, donde ella cosía los harapos que llevábamos al campo. Y las camisas blancas del colegio.

Del campo vengo padre, todavía siento el aliento del hogar, del olor a leña que llega hasta la cuesta el pino y me levanta la vida soñando que te veré sentado en la puerta. Ese olor a patatas con carne y pan, sal y aceite.

Del cielo vuelvo padre de intentar verte, y tampoco hoy lo he conseguido. Que de tu ausencia viven las nubes, pues cada día las miro, para ver si apareces en alguna de ellas, padre.

Cada día lágrimas mirando al sol, para buscarte, pues me faltas como la sangre. Cada noche un buenas noches, en mi alma vacía que dejaste.

Del trigo vengo padre, buenos días. De la siega, que me quiebra la espalda padre. Me siento en tu piedra, y apoyo la cabeza en la rugosa y húmeda pared, de la misma forma que hacías tú, mirando al horizonte, lejos de lo lejos, para procurar no sufrir mucho.

Y la verdad es que, padre, es que ya no hay trigo, ni patatas con carne, ni tu sabia voz. Ni agua en el rio, Voy cada día, solo, ya por repetir la vida, por si un día vuelvo y te encuentro allí sentado. Para que abraces mi cansancio y me regales aquella sonrisa que espoleaba la vida.

Tu ausencia vive entre las paredes de mi vida. Por que no te tengo padre, te fuiste a cuidar las nubes, tú siempre cuidando. Y todavía te busco.

A mi padre, hombre trabajador, que tuvo una dura y sacrificada vida, pero con sonrisa.
Y sobre todo y ante todo, buena persona.

©Javier Sanchez 2019

Mi barrio, mi ayer

UN PASEO POR MI BARRIO

Después de años, volvi a mi calle, a mi barrio.

El Bar González, tapas y bocadillos. Los columpios, no eran los mismos, pero alli estaban, en el mismo sitio. El callejón oscuro, cuando de adolescentes ibamos a hacer lo que podíamos y no sabíamos.

El colegio, no había cambiado nada, solo pintadas estupidas por todos los sitios.

Curioso, había mas jardines y menos coches, ya que el ayuntamiento habia construido garajes de esos a 50 años en propiedad.

No reconocía donde jugaba al fútbol con mis amigos del cole y de la escalera. Estaba entre un frondoso bosque de matojos y arbustos.

Estaba compungido, estaba en el lugar donde me hice como persona, de alli salio el molde indeleble de lo que soy. Aunque muchos piensan que eso se pierde. No es cierto. Queda entre las arrugas de tu piel, grabado a golpe de vida, a golpe de tiempo, de fuego, de barrio.

Poco a poco iba pasando, iba menos compungido por mi barrio, empezaba ya a mirar ventanas, donde mis amigas y amigos vivian, donde Don Jose Antonio, mi maestro, vivía y me dirigi directamente a casa de Maria.

Me acerque a su porteria, desde alli veía su ventana, y realmente veia a aquella preciosidad asomada a la ventana, esperando a que su amigo llegara a buscarla, para dar un paseo. Desde los cinco años juntos. Sim separarnos no un dia.

Pero es que Maria, ya no vive aqui. Se fue una mañana de invierno y nunca mas se supo.

La mujer que marco mi vida, la niña, la adolescente, la joven preciosidad, que, con su fuerza, me adiestró en el arte de reir, de llorar y de vivir, en su tempo correcto. Así era ella.

Pero es que Maria, ya no vive aqui. Se fue una mañana de invierno y nunca mas se supo.

Un trozo de mi juventud partio con ella. Pero no me arrepiento, no olvido, si lloro, a veces, aunque hayan pasado casi cuarenta años. Es que hay personas que te marcan su estampa, su espíritu en tu memoria, con un sello indeleble, para siempre. Y ella lo hizo.

Paseando por mi barrio, por mi pasado. Imaginacion, suave, duro, violento, amoroso, drogas, cárcel, juventud. Y redención.

Los setenta y ochenta fueron asi. Y Maria, mi Maria, mi hermana, mi novia, mi mujer me guió desde el colegio a los cigarros a escondidas. A los besos a oscuras.

Un viaje precioso, vital, rejuvenecedor, triste, alegre. Un viaje a lo que me provoco ser adulto, con pinceladas de juventud escondida.

Paseé un rato mas, tome un cafe en González, subi al coche y partí hacia mi presente.

Porque Maria, ya no vive aqui. Se fue una mañana de invierno y nunca mas se supo.

©Javier Sánchez 2019