La sombra del monstruo.

El abuelo se apoyaba en el bastón, sentado en la antiquísima silla de suelo de mimbre, hereredad de su padre, miraba al cielo, azul, simplemente azul. Delante de la misma puerta de la casa, a unos metros, nacía una pradera, de hierba verde, precioso, a él le parecía precioso. En aquel prado correteaban dos caballos, sus caballos, arriba y abajo, revolcándose por la hierba, al medio día siempre lo hacían.

Un poco mas lejos, al fondo, muy al fondo de la pradera verde, se veía una carretera, pasaban los coches, camiones, autobuses, motos, un ruido sordo, cuasi imperceptible, acompañaba el paso de cada uno de ellos.

El abuelo siempre intentaba evitar aquella línea de visión que se movía y alzo la vista hasta la lejana colina. El sol ya estaba en el lo alto del cielo; hora de comer, se dijo. Y entró en la casa, la casa de sus padres, con olor a casa, a aquel pan antiguo, a su esposa, al talco de sus tres hijos, que ya partieron a hacer su vida. A recuerdos. Todo eran recuerdos de una vida.

Termino de prepararse las verduras de su pequeño huerto, las calentó en la desvencijada olla de color rojo, heredada de su suegra. Olía toda la casa a patatas y espinacas, a leña y madera vieja. Una casa.

Las sirvió en el plato de duralex, de aquellos de color caramelo, le encantaba aquel plato, solo le quedaba ese, le recordaba a Gloria, su mujer. Temblaba que llegara el día que se le rompiera.

Bebió de un trago el vasito de vino, a sus ochenta años, es lo único que bebía, un vasito para comer y uno para cenar. Se sirvió y tomó un café y salio al porche de nuevo a su silla. A contemplar sus tierras. Sus dos caballos y su riachuelo, cada día mas seco, por cierto.

Poco a poco, se iba tapando el sol y la sombra rectangular comenzó a cubrir sus tierras, sus dos caballos y su riachuelo, cada día mas seco y mas marrón. La sombra casi cubría la mitad de sus tierras.

Entró de nuevo a casa y cogió los dos aparatos para oír, se los puso y el mundo empezó a gritar socorro. Salió al porche y miró detrás de la casa. Y observó con tristeza el monstruo de cincuenta pisos que habían construido a cuatrocientos metros de su casa y de sus tierras.

Bajo la cabeza, negando, se sentó en su silla y volvió a quitarse los aparatos. Volvió la calma y volvió a mirar a sus caballos como pastaban tranquilamente.

Se sirvió otro café, y lo puso en la mesita, a lado de la silla. Y cerró los ojos, tal y como un día se le cerraron los oídos. Pensó, estoy tranquilo siempre que mire al este.

Y quedo adormecido, en la silla de mimbre, apoyado en su viejo bastón. Mientras el monstruo oscurecía su mundo.

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©Javier Sanchez 2020

Los adoquines mojados

Olía a adoquines mojados, mezclado con el aceite de los coches y el agua de la lluvia, a húmedo y frío octubre. Aquellos octubres de mediado de los sesenta. Octubres de frío, grises como la gente que cada día se dejaba la vida en las fabricas, sirviendo a los señoritos de las fabricas, la burguesia catalana.

En el terrado de casa el musgo crecía por todos los rincones, mucha humedad, cuando llovía, que era mas a menudo que ahora, se quedaba el agua estancada en los sitios más insólitos. Desde allí se divisaba un jardín gris de industrias, sobre todo telares, de metalurgias, manufacturas de goma, etc… hecho este que dejaba el cielo gris anaranjado, “en hora laboral”, pero como siempre funcionaban, tres turnos, pues asi era el cielo, sobre todo al atardecer.

Curiosamente al lado de casa había una fábrica donde se manipulaba la chufa, era enorme, desde allí salían los carros y pequeños triciclos para el reparto de la chufa a las lecherías o ya en botellas, horchata. Recuerdo que con mi hermano Ramón íbamos a robar chufas a esta fábrica, ya que las ventanas del sótano quedaban muy al alcance y las tinas donde depositaban las chufas en agua estaban a la mano de cualquier bracito de 6 años como el mío. Moraos de chufas, y otro bote para mama.

Entre el colegio y el finde pasaba la vida, sin ver a mi padre o verlo de refilón, esperando el domingo. Ay los domingos, recuerdo que iba con mis padres y mis hermanos a tomar una horchata, mi padre se tomaba un vinito, un chato, y nosotros una horchata, era un día de fiesta pues mi padre libraba y lo teníamos para nosotros, libraba de esas 12 horas diarias de trabajo agotador, en una fabrica de telas, ya hablaremos mas tarde de ello, pero ahí estaba. Con sus hijos y amigos del barrio. Antes había amigos del barrio, amigos.

Nosotros, toda la familia, vivíamos en una portería, que le consiguió mi abuela a mi madre. Había un pequeño cuarto abajo, que era cocina comedor y en la sexta planta (el ático de ahora), había 2 habitaciones y una sala. En aquel edificio vivía la burguesía industrial catalana y los herederos de la iglesia, que lo controlaba todo. También vivían falangistas, militares y franquistas de pro. Un infierno para el trabajador.

Mi madre, libraba los domingos, de los señoritos del edificio y aunque teníamos vivienda en la finca, como he dicho, ella prefería que nos fuéramos, para que no estar bajo el yugo de los que les importaba una mierda, si descansaba o no y le mandaran a hacer recados estúpidos, después de venir de la iglesia todos ellos guapitos, a buscar el diario o a comprar el pan, cuando ellos pasaban por delante del horno, y quien sabe que mierdas mas. Los mismos hijos que ahora (también de la derecha mas rancia) abogan por una igualdad (con la boca tan pequeña que no cabe un silbido).

Mi madre, nos arreglaba a los cuatro, (mi hermana Silvia no había nacido todavía) y salíamos bien guapitos a la Rambla…

La rambla de Poble Nou, en ella se vivía siempre con alegría los domingos, los niños nos conocíamos todos, los padres y madres se hablaban y se sentaban en los bancos de la calle a debatir lo que fuera, bien poco, porque no se podía debatir en aquellos tiempos, pero se hacia entre labios y gestos. Era una época muy dura para la clase trabajadora. Para los pobres de dinero pero ricos de espíritu.

Época de chaquetas de pana, pantalones cortos, pañuelo en la cabeza y frío. Mucho frío en invierno.

En el Manchester catalán, era como se llamaba al Poble Nou a finales del siglo XIX, la clase trabajadora, malvivía, sudaba sangre y lágrimas, en cuenta tengamos que estamos a mediados de los 60, pero ya despuntaba la rabia, el…

– “Pilar, estoy hasta los cojones de este tío y del lameculos de Mariano”

– Ramón, tranquilo porfavor, piensa en los niños…

– En ellos pienso Pilar, en ellos pienso…

…el ya basta, la rebelión, el váyase usted a la mierda !, Y el cuando se morirá este cabron y toda su pandilla de bandidos.

En el Manchester catalán, la gente dominaba el arte de reventarse a trabajar la semana y el domingo salir con los hijos a vivir al sol, si lo hacia, si no se inventaba, y ocultarles la mierda y la miseria que ellos padecían. Se oía la radio, Sobre todo la radio. Todo mentiras, pero se oía, para elucubrar y darle la vuelta a lo que te contaban. La televisión no estaba al alcance de según qué clases.

Un domingo cualquiera, un suspiro en aquella dura vida, durísima vida que pasaron mis padres.

De vuelta del paseo, los juegos en el terrado de casa, bendito paraíso, eran increíbles, espadas de madera y caballos hechos de escobas rotas. Aventuras únicas e irrepetibles que, a mi edad, aun recuerdo. Increíble la memoria, no me acuerdo de lo que cene ayer y si me acuerdo de cómo jugaba con mis hermanos en el terrado.

Ya de vuelta el lunes tocaba cagarse en la madre que parió del hijo del dueño de la fábrica, famoso falangista, golfo y cabrón. Padre de algún gilipollas de extrema derecha que alentaba a jóvenes de la época. Ahora los hijos de aquel gilipollas salen con las banderas con la gallina, símbolos nazis y de la falange y gritando viva España, grande y libre. Hablaremos, como he dicho mas tarde de ellos. Grandes sorpresas aparecerían en años venideros, cuando estos aparecieran, ya en democracia, en la vida política. Y grandes sorpresas las de los padres que reconocían al golfo cabrón reconvertido a la democracia.

Dura vida, duros días, enfermedades, sacrificios, “si señora”, “si señor”, “lo que usted diga”

Pero ahora estoy donde estoy porque mis abuelos y mis padres, Ramón y Pilar de las Mercedes, perdieron su salud y su vida para que yo esté aquí escribiendo esto en ordenador de última generación con al aire acondicionado puesto y tomándome un café.

Por ellos…dos.

© Javier Sánchez 2019

Extracto de “EL ALMA DE EDURNE”

Procedencia vital

Eran tiempos de los veinte años, tiempos de los amigos en directo, tiempos de palabras, de gritos, de risas, de una juventud arrasadora. Rompedora, fiel, leal. Si no llegas tú llego yo.

Tiempos de vida, piel a piel. De llamar por teléfono, a ver si estaba. De verte casi todos los dias. Había una intuición, un sitio, unos amigos que allí estaban. Siempre. No hacía falta la ubicación exacta. Ya estaba consensuada entre todos.

Tiempos de amores, de silencios de aquellos amores, de amores cada hora, de cada semana. Tiempos de preparación y trabajo, de las dos cosas a la vez, trabajar y estudiar, de fines de carreras. De fines de semana. De novias y novios, de besos. De sana amistad. De respeto a la amistad por encima de todo, de grupos de amigos, de un par de decenas de amigos y amigas, conociendo cada problema y cada risa. Virtud y defecto. Cada viernes, cada sábado y después cada dia. Nunca solo, nunca silencios, el don de la palabra, el imperio del dialogo.

Época aquella, dorada, época de la de los que ahora hemos sido capaces de adaptarnos y aprender como el que más de las nuevas tecnologías, cada día y día a día. Con el esfuerzo de la generación que, aún hoy, debe de reciclarse cada día, y

estudiar. De la generación que, todavía hoy, descubre amigos, que aprende de sus amigos. Que es capaz de todo, treinta y muchos años después.

Que es capaz de dejarse llevar a la felicidad sin poner trabas, sin condiciones ni postureos, los que se niegan a envejecer

A los que la musica les atrapa en sus redes y no los suelta. Los capaces de reconocer una canción con las cuatro primeras notas. A los que esa misma canción les corta la respiración. Los que son capaces de enamorarse de nuevo, sin sonrojarse, sin que la edad sea un problema.

Soy de aquéllos que vienen de los tiempos que dejaron un reguero de muerte, drogas, delincuencia, no fue fácil, nunca fue fácil, esa época, que muchos subestiman y algunos admiran como una época dorada, ni lo uno, ni lo otro.

Época de reubicaciones, de política parlamentaria, de fachas, de verdaderos golpes de estado, de grises, todavía, de porras de acero, de protestas por la subida del pan, del transporte, de volver a casa con algún morado que otro y algun llanto que otro. Tiempos de ejercito a la fuerza. De militares franquistas. De tiros en la nuca. De dos cadenas de televisión. De nada y de todo.

Eran tiempos, esos tiempos de los cuales procedo, tiempos que forjaron mi vida, mi forma de ser, mi cultura y mi educación.

Mi apreciación actual de la vida, procede de aquellos bellos y duros años, de los cuales, estoy orgulloso de haber vivido y sobrevivido, por que, repito, fue bello, natural, impactante, revolucionario, pero también fue duro, muy duro.

De allí vengo y muchos conmigo.

De alli soy.

©Javier Sanchez 2019